domingo, 12 de diciembre de 2010

Los Párvulos Tremebundos

Los Párvulos Tremebundos
De: Alan G. Azabache
Aquí tienen una versión en audio de este cuento.





El libro es una investigación fantasmagórica,
En la que no sabemos si andamos un recuerdo o un sueño…
 Entonces, Escribir una muerte no es de machos,
De machos es matar.

Suso del toro.

UN CRIMEN FORTUITO
Don Emiliano sale corriendo despavorido de su casa, los brazos se agitan mecánicamente en armonía con las piernas que le tiemblan, el cuerpo le exuda frío de la angustia y desesperación, su corazón late tan fuerte que se oye como tambores que anuncian un estallido de éste mismo. Aún no esta consciente de lo que acaba de acontecer en aquel lugar; del aturdimiento corre como un demonio acelerando más en cada paso. Sus ojos  fijos en la nada, ignoran la luna amarillenta e inmutable, estática, que brilla imponente e intenta combatir la oscuridad que llueve del cielo;  el viento punzante se estrella  violentamente contra sus músculos y se desvía para silbar en sus oídos. Y ante él se ha extendido un largo camino que le parece interminable.  El fragor de la adrenalina es su combustible inacabable que  lo ayuda a huir horripilado de su propia presencia, sin que el corazón no cese de retumbarle de pálpitos en el pecho.

LOS INTRÉPIDOS VISITANTES
Mis familiares y conocidos concuerdan  en que el cementerio es un lugar desolador, agobiante; funesto por naturaleza, un lugar al que sólo se debe ir para dejar flores a los difuntos, y también de paso a los difuntos. Alguna vez (de niño) fui con mi abuela, a dejarle flores a un familiar muy antiguo que no conocí personalmente, salvo por un retrato protegido por un cristal colgado en la sala de la abuela.  Es un tipo de mejillas abundantes, labios delgados y marcados, de mirada profunda,  excesivamente peinado, y de frente amplia.
Durante el trayecto, me entretenía en el asiento trasero, viendo pasar los parajes que empezaban el camino  con sus tierras fértiles de huertos, chacras, arboles a los costados que intentan hacer de túnel y empapan el rededor de la pista. El vivo verde del recorrido es muy monótono hasta que el callejón asfaltado se va ensanchando y  ese verde  de arboles y arbustos se va despintando, perdiendo vida como si los metros recorridos fueran años, como si el tiempo pasara fugazmente y  los tiñera de un color mostaza, casi pardo.  Los cerezos son sucedidos por algarrobos agonizantes, y  una sábana color arena que abriga serpientes y lagartijas va cubriendo todo el suelo fructífero de los huertos, para entonces, las casas se han hecho menos frecuentes a tal punto que desaparecen por completo.  A pesar de ello seguía viendo pasar  aquel aburrido panorama desértico  que luego se ve interrumpido por un lugar a medio caer, cuidado por una estatua (o que alguna vez lo fue) de un Ángel, quebrada, rajada, y  en el piso descansan los trozos que le faltan. Por afuera se nota el material  carcomido en las partes bajas de la pared, cerca a las bases; se  nota despintado, las puertas oxidadas y cerradas con cadenas. Aquél lugar no demoraba en despertar profusamente la intriga en mí, como no tienen idea;  pero con el correr del carro, lo veía deslizarse y dejarse quedamente sobre esas tierras áridas, como una vela que se derrite sumisa en la vastedad de un pastel.
Pasaron muchos años, ya en los últimos  de secundaria,  me enteré de que ese lugar que me intrigaba cuando era un crío fue en algún momento un cementerio, hasta que un terremoto devastador en los años setenta lo derrumbó, así que, se construyó uno nuevo (al que iba  de chico con la abuela) de mejor material y resistencia a éstas catástrofes. Con la construcción del nuevo camposanto y el correr del tiempo las personas no solo fueron olvidando dicho lugar (el cementerio derrumbado), sino  también lo difamaron con sus comentarios supersticiosos  como: “no se te ocurra pasar por ahí, niño, que el duende te lleva; ese lugar esta maldito”  y cosas así. Las autoridades no quisieron hacerse  cargo, al menos no fue su prioridad ya que nunca lo llegaron a  demoler, ni restaurar.  Pasaron inviernos-veranos, primaveras y otoños; y el lugar desolado se hizo rico en historias que se  tejieron alrededor de él, unos juraban haber visto ahí a un ser malévolo que no es de este mundo, seguramente afiebrados por el alcohol. Tan olvidado, tan difamado y tan derretido era conocido como “El cementerio viejo”.
Por otro lado en el colegio, específicamente en mi aula, se generó una bifurcación a partir de un suceso que no corresponde a esta historia contar.  Los había quiénes seguían  al Piurano y otros a Aníbal, ellos eran los autoproclamados líderes tácitos. Las dos partes convivían tratando de sobrevivir una a la otra, compitiendo hasta en lo más trivial. 
Cierto día dejaron un mar de tareas, como era de esperar no las hicimos (excepto mi amigo el piurano, siempre responsable) y como también era de esperar, nos dejaron sin recreo  y encerraron en el salón: Bulla, bulla y desorden durante nuestro castigo, sonaban las carpetas, volaban los cuadernos y mochilas,  eran  indicios que advertían nuestra presencia,  las huellas aún no dejadas por nuestra futura vida licenciosa.
Al piurano no le gustaba la soledad, cualquier circunstancia para él  requería de testigos. Y esa mañana nos acompañó en nuestro castigo; Insultos, gritos y carcajadas a la vez,  cuando de broma en broma salió:
-          Haber quién es el valiente que se atreve a entrar al “cementerio viejo” de noche, eso si es ser hombre- dice el piurano
-          Cállate, loco de mierda, si aceptan nos jodemos- le dije
-          Te jodes tú, miedoso, yo, sí entro para que me tengan más respeto estos mierdas- responde el piurano
Una serie de risas y burlas alarmadas se pronunciaban en el aula, por la propuesta desafiante del piurano
  - son maricones, ¿no?... ya sabía-se burla el piurano
  -¡tas huevón!, este es un colegio de hombres, nosotros no somos maricones- voltea a ver a los de su bando y les dice- ¡ya!, puta, que el sábado en la noche vamos al cementerio viejo, y el que no entra se jode conmigo- reprende Aníbal a sus ayayeros.

El sábado en la noche no se hizo esperar, era una cuestión de honor. Nos reunimos en un parque cerca del colegio, como se trataba de un camino largo además de largo, oscuro, decidimos ir en  nuestras bicicletas.  Los dos bandos se unieron para ir al “cementerio viejo”. Pese a todo, decidí ir pues esa intriga pueril con respecto a aquél  no había desaparecido, todo lo contrario, se acrecentó proporcionalmente  a mis años.   
El piurano contaba con la mejor bici, la más rápida, con cambios y amortiguadores de primera calidad, era siempre la envidia del resto, pero, todo lo que le compraban se lo tenía bien ganado por su esfuerzo en el estudio.  Pedaleábamos locamente, cada vez que lo hacíamos el deseo de querer aumentar la velocidad se hacia intenso; riendo, bromeando y hablando cuantas lisuras nos fuera posible seguíamos apresuradamente el camino. Más tarde a medida que avanzábamos  el ruido de la ciudad  ya no se oía y fue reemplazada sutilmente por la  voz  de  la angustia con su voz grave de tenor exasperado, el chillido de los grillos y la curiosidad de no saber que nos espera allá; cuando volteé a ver atrás las luces de la ciudad ya estaban muy distanciadas  y en cada metro la aprensión tomaba el control sobre nosotros, ya habíamos pasado esos arboles de cerezos y la pista  empezaba a jalarse a los extremos, y los algarrobos nos daban la bienvenida pues estábamos entrando a ese  terreno inhóspito, tenebroso, de vegetación espinosa  que de día tiene aspecto de breve desierto y de noche se convierte en un retorcido pantano asfixiante; este panorama generaba que algunos vayan desanimándose, y para regresar usaban pretextos como puta que no tengo permiso hasta tarde brother. Otros, oe loco yo tengo que ver a mi flaca, váyanse ustedes nomas. Lárgate maricón hijo de la gran puta, respondían el piurano y Aníbal, tajantes  a estas muestras de cobardía.  
-          ¿Oe cuanto falta para llegar?,  ya me estoy cansando ah-les grite al piurano y a Aníbal que iban adelante como escoltando a las bicicletas que quedaban, pero que no eran pocas.
-          ¿También vas a desertar?, ¿tú?- decía medio resentido, el piurano.
-           ¡Ya huevón!, ¿tienes que ir a ver  a tu flaca?, eso  nadie te creería-agrega Aníbal, luego de decir eso, sueltan risas; mas bien descargas de miedo que disfrazaban de risa.
-          Ya falta poco, no seas cabrini- me dice el piurano, dándose ínfulas de valiente, que en realidad era.
Pues yo continúe con ellos. Esta hazaña nos tomó más tiempo del previsto ya que demoramos mucho en llegar, en la muñeca de Aníbal ya eran casi las doce, ya estábamos en la puerta, y el ángel de piedra  seguía en pie, joven y guardián de las puertas reforzadas con las mismas cadenas oxidadas de antaño. Tuvimos que ir por la puerta trasera, dimos la vuelta, caminamos arrastrando del manubrio a las bicis, sudados, sedientos, cansados y con miedo. Atrás era aún más espantoso, las paredes se habían caído casi por completo, un vientecito fresco y húmedo acariciaba nuestras caras; nos limpiamos el sudor con la manga de la polera, escupíamos  continuamente, respirábamos ansiosos y muy silentes.  Estuvimos a punto de entrar por la puerta, cuando  en las tinieblas se dibuja la silueta de un hombre grande con sombrero negro del que le sobresalían algunos cabellos blancos, llevaba ropas harapientas y un cigarrillo que iluminaba en cada pitada.
Todos nos escalofriamos, hasta diría que también el hombre; yo sentí una punzada en el pecho que me paralizó.
-          ¡El diablo, el diablo!, ¡puta madre!, es el diablo- gritó uno, y se desató el pánico  los demás corrían aterrorizados, desesperados, rodaban en el piso, entre ellos se estorbaban y tropezaban, pero todo con la finalidad de esfumarse de aquel hombre. Corrieron, se suben a las bicicletas y se desvanecen en la pista.

El hombre bota el cigarro y se desaparece en los escombros del “cementerio viejo”. El piurano también estaba muy intimidado, pero fue el único que se quedó. Desde muy chico lo conocía al piurano  y ahí con él, me daba cierto equilibrio a mis emociones. Era terrorífico quedarme que regresar solo por ese camino escabroso. El piurano va, recoge el cigarro y me dice:
-          No es el diablo, debe ser un fumón nomas- lo dice para calmar los ánimos medrosos.  
-          Fácil ah-respondo moviendo la cabeza.
-          Ya estamos aquí, hay que entrar… o arrugas-dice el piurano.
Tomo aire y lo boto para responder -Tengo otra opción acaso, ya, te sedo el honor, dale tu primero- lo empujo- ya entra nomas huevón- y el piurano se vacila al igual que yo.
Dejamos las bicis afuera;  nuestros ojos  se esforzaban para poder ver en la niebla de la noche,  poco a poco logré ver que el piso tenia grietas que se cruzaban como formando afluencias de ríos y luego se separaban en miles de tejidos; escasas plantas moribundas,  muros con algunos nichos que aún quedaban en pie y abrigaba en sus  interiores partes humanas. El piso accidentado de  los cuerpos inertes que no solo eran de personas sino también de perros y aves carroñeras; mutilados hasta casi momificados ni siquiera apestaban porque se habían descompuesto ya hace muchos años. Sin querer mi pie se chocó con el cuerpo de una niña (supe que era niña por el vestido que tenía, estaba muy empolvado y sin cabeza), se levantó una nube de polvo espeso.huy chucha, dije. Qué pasa, te asustas con esto, no seas cojudo, deben haber peores cosas  aquí- dice el piurano, totalmente convencido de su coraje no descansa de buscar al hombre.
Siempre admiré a mi pata el piurano, le decían así por que su abuelo era alcalde de dicha ciudad, aunque nunca le dije piurano, yo respetuoso como me enseño mi mami, lo llamaba por su nombre, David. Buena David, gracias David, de puta madre David,  y de vez cuando no jodas David.  Caminaba con la mirada atenta sin atreverse a pestañear buscando al hombre del cigarrillo (estábamos convencidos de que se trataba de un hombre de carne y hueso).  Pero, me sentía muy intranquilo como para querer volverlo a ver, pero el piurano terco como es, tuvo suerte de encontrarlo. Quise salir corriendo en ese instante, cuando: No soy el diablo, muchachos- dice el hombre; nos repusimos de la sorpresa, Lo sabemos, no se preocupe… ¿Que hace usted aquí?- preguntamos temerosos. Al principio nos costó mucho trabajo comunicarnos, porque aún teníamos miedo, nos intimidaba sus ojos que brillaban como los de un gato en plena noche. La conversación se hizo larga, pasaron muchos minutos, luego regresamos a nuestras casas y el hombre se quedó acogido en la vela que se derrite sometida por la sórdida noche.
 A partir de ahí, se nos hizo costumbre al piurano y a mí, ir a ver a ese hombre viejo, le llevábamos que comer, frutas, agua,  fósforos (por más que le enseñábamos a usar encendedor, no aprendía) y a veces ropa. Poco a poco perdimos miedo a ese lugar, así nos acostumbramos al “cementerio viejo” y su lobreguez encantada, no les he contado que el hombre podía ver en la oscuridad tan bien como nosotros en  la  luz.  Sin proponérnoslo, se creó una estrecha relación amical, nos contaba anécdotas de su  estancia en  el cementerio viejo como que dormía en los nichos y  de noche veía los fantasmas de sus conocidos vagar, que  ya no trataba hace mucho tiempo con personas de carne y hueso, se tenia que alimentar  de animales que mataba (aves carroñeras y ratas en especial),  fruta de las chacras, se bañaba en ríos y acequias; a veces iba a las fiestas de los caseríos para robarse (mientras estaban inconscientes por el alcohol) cerveza, cigarros. Todo eso lo tenía que hacer muy de noche, con extrema precaución para que no lo vieran, y si lo veían lo confundían afiebradamente con un fantasma  o algo por el estilo (tal como sucedió con los tipos del colegio).  A pesar de habernos ganado cierto cariño de parte de él, nunca nos decía su nombre, nada de asuntos estrictamente íntimos. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando nos confesó que llevaba casi diez años viviendo de esa forma.  Cuando le preguntábamos por qué tanto tiempo, respondía diciendo que la policía lo andaba buscando. Pasadas muchas semanas, ya cansados de tanto misterio soporífero, cierta  noche accedió a confesarnos  con melancólica resignación, su nombre y el motivo por el cual vivía de esa manera; don Emiliano Álvarez. 

UN CRIMEN FORTUITO
Las deudas, gastos e hipoteca de la casa, la universidad de su hija y el colegio de sus otros dos hijos lo tenían laborando horas extras, ya desde hace medio año.  Llegaba exhausto de trabajar con la única de finalidad de poder dormir. El trajín y la rutina del trabajo acumulada por años  le hicieron perder  la ilusión que tuvo de joven por el sexo, ya no se trataba de ese ritual amatorio (con su esposa), ni de aquel desenfreno carnal propiciado por la lujuria (sus amantes eventuales); el tiempo le enseñó que sólo se trataba de una necesidad que tenía que satisfacer, así como el hambre, el sueño y el dinero.  Y en su engreída actitud autosuficiente, se procuraba resarcir todos sus menesteres indispensables, pero esto generaba que sus energías se agoten cada vez más. Pues el cargaba con la ominosa responsabilidad familiar, vivía  enfrascado en el ofuscamiento y el estrés por cubrir y cumplir con todo.
Cuando  todas estas cargas ya lo tenían al borde de la demencia, una tía suya (quien fue como su madre),  le dejó una fuerte suma de dólares como herencia. Al menos el dinero  no seria su preocupación más urgente (por un tiempo). Su situación económica seria más estable, ello le brindaría tranquilidad,  más horas de sueño y mayor tiempo para compartir con su familia.
La noche en que le dieron la noticia de la herencia, renació don Emiliano Álvarez; por fin llegaría a casa con algo de tranquilidad y la buena nueva del dinero heredado, era propicio contárselo a la familia.  La luz de la vida volvía  a deslumbrarlo nuevamente, llegaba con ganas de sorprender a su esposa; esa noche, hacerle el amor era su prioridad.
Coge su llave, la introduce sin hacer mucho ruido, su perro  se acerca a olerlo mas no ladró. Sus pasos no son audibles, va hacia la cocina, del refrigerador saca algunas frutas y las acomoda sobre una bandeja trasparente;  apenas hace un ruido imperturbable.   Ahora lleva sobre la bandeja todo lo necesario para prepararle una ensalada a su esposa luego que termine de hacerle el amor, como lo hacia cuando eran recién casados; ya había olvidado lo bien  que se la pasaba con ella y las ricas ensaladas que comían luego estar enredados entre sabanas,  después  de disfrutar las frutas  ella se paseaba desnuda por la casa deleitando con su figura a don Emiliano.  
 Sus botas no hacen mucho ruido,  primero pasa cerca de la habitación de su hija, revisa, ve la puerta abierta pero no hay nadie; y sus hijos varones están de visita donde la abuela. La casa es oportuna para él y sus pretensiones. Va por el pasillo hasta el último cuarto donde le impide el paso  una puerta color caoba,  sus manos envuelven la manija fría de aluminio, la gira, y la puerta chilla mientras se abre como la página de un libro curioso por leer y… lo que ve es inverosímil.
Se queda baldado, sus ojos se encienden, deja caer la bandeja y ésta se estrella contra el piso dejando que  un ruido vidrioso interrumpa  lo que acontecía frente a sus ojos. Las frutas se dispersan rodando por el suelo.  La incertidumbre es su último pensamiento o eso es  lo que quiere pensar. La mujer deja de estar arrodillada y tanto ella como el tipo se alejan desnudos. Todos se miran, la situación es incómoda para los tres; su esposa coge la sábana  y se cubre los pechos y parte de las piernas. El otro tipo se aleja de la cama y  sus manos no logran esconder sus genitales hinchados y lubricados.
Los tres están en la habitación, claramente sorprendidos y a la expectativa, un mutismo absoluto será interrumpido por la mujer:
     -lo lamento mucho, Emilio-dice su esposa, con la vergüenza impregnada-no quise                                         hacerte esto… tu has dejado de quererme, ya no me tratabas como antes… ¡no se que pasó!- esta vez levanta la voz.
   -  Oiga disculpe amigo, yo tengo que irme-dice el  tipo. Tratando de zafar de las circunstancias.
 Con mucho esfuerzo logra articular palabras  -Tú no te mueves de  aquí grandísimo hijo de puta-es la reacción de don Emiliano, sin aun poder moverse, parado delante de la puerta.
Luego de unos segundos - Crees que puedes tirarte a mi mujer y vivir para contárselo a tus amiguitos ¿ah?... responde, ¡concha de tu madre!- lo dice con todas sus silabas, esto requiere de mucha rabia, aún sigue sin moverse de la puerta.  Comienza a brotar el relieve de sus músculos de lo iracundo que esta, a diferencia del otro tipo que esta pálido y con una notable pusilanimidad, tiene las palmas de sus manos  abiertas y en posición defensiva, su miembro  ahora se ha empequeñecido y reducido a su más paupérrima expresión.
Nadie quiere decir la siguiente palabra, entonces don Emiliano recoge el cuchillo filudo (que en principio fue para cortar las fruta), plateado como un espejo cayó junto con la fuente. Lo toma hasta apretarlo del mango  y falla clavándoselo en el pómulo, éste no suelta el cuchillo y lo sigue introduciendo hasta que siente el filo chocar con un hueso facial; entonces desliza hacia abajo el arma, pasa por la boca y le arranca el labio inferior todo ese viaje acompañado del crujir de los huesos, como quien raya un auto. Cuando el cuchillo, impregnado de partecitas de piel, por fin logra salir, en el rostro del tipo se dibuja desde el pómulo hasta más allá de la boca, una línea roja  que se expande muy rápido, luego que cae al piso y  se dispersa como el magma, despacio y espeso.
Su mujer  horrorizada  se lleva las manos a la boca dejando caer la sábana y descubiertos sus pezones pardos. El tipo comienza a lloriquear como un niño gritando para luego balbucear. Don Emiliano ríe, se asombra de las pronunciadas dosis de satisfacción que se ha proporcionado acuchillando al tipo, es un goce que se pierde en la infinitud del éxtasis pues jamás en su vida  sintió tanto placer.  Y Esta vez con el arma ensangrentada apuñala al tipo y le divide horizontalmente el abdomen; el tipo de un cuchillazo cae despanzurrado al piso de la habitación. Lo que sigue es un festín de gritos, emanaciones de sangre borboteando de la boca  y estomago del tipo, que desesperado repta miserablemente pidiendo ayuda, pero esto le provoca más dolor, entonces se retuerce tratando de meter sus intestinos en donde deberían estar, pero poco a poco va dejándose de mover hasta quedar totalmente inmóvil. Don Emiliano apenas mira al tipo agonizante y no puede evitar sonreír. Lo cubre con un edredón, éste se moja fácilmente de la sangre del tipo y   a don Emiliano solo le provoca la repugnancia y el odio visceral.  
Desnuda, tirada en un rincón con pequeñas manchas de sangre que no es suya, está la mujer. Don Emiliano la observa totalmente estimulado por lo que acaba de cometer, quiere seguir matando para gozar  hasta perderse en un espiral de placer,   pero no es capaz de hacerle daño en el fondo de su morbosa mente retorcida siente culpabilidad por haberla arrastrado a presenciar tal espectáculo. Su mano es como un imán para el arma, no la puede soltar, así que sin desprenderse de ésta sale para  perderse en el pasillo por donde entró con la bandeja de frutas.  La mujer llora, ahora ha perdido a sus dos amantes, y la abraza un cúmulo de lamentaciones.

LOS INTRÉPIDOS VISITANTES
Silencio, que va a entrar el director-impone el auxiliar. Entra acompañado del coordinador general, camina entra las carpetas dirigiéndose a la pizarra, yo no lo veo, pero el silencio me permite oír sus pasos, cruza por mi costado y sigue su camino, la mirada hacia el frente, cada paso trata de hacer resonar su autoridad, que todos lo respeten, porque es el director, menos no se puede.
-¿Quien es el alumno  David  Navarrete?-pregunta el director, algo efusivo y con voz impostada, con una expresión que no se sabe si el alumno David Navarrete ha cometido un crimen macabro o un acto de hidalguía cívica  por la que merece ser congratulado.
Todos en el aula se observan preguntándose que sucedió, que hizo David Navarrete para ser buscado por el director del colegio. Y sin hacer esperar más, casi en coro respondimos no ha venido hace tres días.
-Venia a felicitarlo personalmente, por sus buenas calificaciones en los últimos exámenes y además por haber obtenido la más alta nota en el concurso de ensayos.
Todos se sorprenden que el mismísimo director se haya tomado la molestia de venir a esta aula a felicitar a David, el piurano.
-continúen con sus clases alumnos, y sigan el ejemplo de su compañero- ha hablado sin tomarse la molestia de mirarnos. Al parecer no ha entendido que el piurano no llega hace tres días al colegio.
Después de haber declarado su amor en público al piurano, el señor director, pasa a retirarse, y seguramente de haber estado presente le hubiera mandado un beso volado sin que alguien lo notase; muy astuto el señor director. Queda claro entonces que mi pata el piurano, era un tipo del que se podrían esperar buenas nuevas, con grandes aspiraciones, alguien con futuro, como suelen decir por aquí.

Luego que asesinó al amante de su esposa, pensó que el único lugar para que no lo encontrasen era  “El cementerio viejo”, y había hecho de éste su hogar, aparentemente no pensaba abandonarlo- Él me ha brindado compañía en un momento difícil y yo le corresponderé a él hasta el fin de mis días. Lo decía  sintiéndose agradecido como si se tratase de una persona que ha sufrido, mas no de un lugar inanimado. El habernos contado su historia, provocó que tanto el piurano como yo, sintiésemos admiración por él, quizás nuestra inmadura conciencia no lograba procesar que don Emiliano matara a una persona, un tipo esmirriado, de aspecto parco, de mirada extraviada, de voz seca, débil  y apenas audible  no podía ser capaz de causar daño a nadie.
No perdía la costumbre de contarnos sus anécdotas (mismo a aedo, don Emiliano) fúnebres en el cementerio: A los tipos que posteriormente tuvo que asesinar pues lo habían descubierto robando en una fiesta, según él los desaparecía por completo, al parecer asesinando al amante de su esposa fue que  inicio o descubrió su verdadera vocación.  Nosotros también le contábamos nuestras travesuras y aspiraciones, por ejemplo el piurano quería ser arqueólogo (como su viejo) y se la pasaba coleccionando figuritas de restos de historia antigua y arqueología. Algún día encontraré algo que va a revolucionar la historia y los alumnos de los colegios  leerán mi  biografía y me respetarán. Solía decir. Y yo le respondía  tratando de mermar su ambición y necesidad de ser admirado te odiaran por dejarles más tarea, mientras reíamos;  don Emiliano y tú que quieres ser, me señala con su dedo  yo, escritor como los de los libros que me regala mi hermano mayor. ¿No quieren ser futbolistas?, yo quise siempre ser futbolista  respondía don Emiliano queriendo  persuadirnos.
Pasaron semanas y hasta meses, cada vez las visitas se hicieron más continuas y era más cotidiano verlo. Pero ya la gran admiración parecía disminuir pues lo veíamos  encarcelado en su ya desgastada figura, más parecía un embustero. Cierto día probablemente aburrido de dos chiquillos estúpidos como nosotros, nos pidió sin darnos alguna explicación que lo dejemos de visitar para siempre. Pero era muy tarde, quizás el piurano y yo aún lo admirábamos mucho o éramos muy obstinados para dejarlo de visitar. 

UN CRIMEN FORTUITO
Acababa de llegar del colegio, me quito el uniforme, y subo a mi bici camino hacia don Emiliano. Ya entonces era normal visitarlo en las tardes,  y esa tarde en la que el sol pintaba las nubes de rosado y cielo brillaba dorado, llego al “cementerio viejo” y como de costumbre, tropiezo con el cuerpo de la niña del vestido (la pobre no tenia  cabeza) y ya me caía mal pues, esta bien que no tengas cabeza, pero no es para que me estorbes de esa manera, chiquilla. Don Emiliano se reía siempre que yo pateaba sin querer ese cuerpo inerte.
-hay muchacho, cuando te  podrás fijar y dejarte de tropezar con la niña Lucianita.
-Lucianita de los cojones, don Emiliano, siempre se me cruza- le respondo
 Estuvimos conversando un buen rato, le conté que hoy llegaron a felicitar en persona al piurano, nada menos que el director, pero no pasó nada, pues no llegaba al colegio hace tres días. Según me dijeron el primer día estuvo enfermo, así que seguramente ayer y anteayer estaría descansando en la cama viendo la tele o jugando play station, feliz de la vida, mientras yo tengo que copiar las clases para que él luego se ponga al día. Aunque no faltaron las malas lenguas que afirmaban que se había escapado de su casa, y hoy cuando llegué a casa lo llamé por teléfono, pero nadie respondía y eso me preocupó, pues siempre suele responder la empleada o él o cualquiera de la familia.  
-          Te notas preocupado por tu amigo muchacho- dice don Emiliano
-          La verdad, si… él y yo somos como hermanos, lo malo que me gana en todo, don Emiliano.  Si supiera en el colegio lo admiran hasta los profes, y eso no es todo, el condenado sabe pelear muy bien, siempre me defiende cuando me quieren pegar  esos idiotas que joden  y joden, es que mucho los insulto y se sienten  menos, me amenazan, pero David pelea de puta madre y me cuida- contesto entusiasmado.
-          Tienes razón hijo, ese muchacho sabe mucho y también sabe defenderse, pero nunca es suficiente- dice don Emiliano, esquivándome con la mirada
-          Probablemente, estará leyendo los libros que publicó su papa-le digo
-          Pues debe ser-  hace un gesto forzado para reír y cambia el tema, me dice-¿hace que tiempo son amigos?
-          Uf. Desde chiquillos, solo que el es mayor- Respondo. 

Esa tarde, ya  apunto de oscurecer; me sorprende bruscamente  cuando me dice que él sabia donde estaba, me dio mucha calma, porque ya empezaba a extrañar al piurano.  Me condujo por un camino angosto, casi por unos pasillos rodeados de nichos. La costumbre de ir continuamente me había hecho olvidar que todo ese lugar andaba empolvado, abandonado. Algunas plantitas yacían marchitas y otras que nacían sin aspirar al futuro. Los cuerpos seguían ahí durmiendo su inanidad en el desconsuelo del olvido ni siquiera sus familiares los cambiaron al nuevo cementerio que se construyó, los dejaron que se desintegren en la podredumbre del “cementerio viejo”.
-          Don Emiliano, ¿y hasta cuando se la pasará aquí?, porque ya se ha de aburrir-le digo
-          Ni creas muchacho en las noches aquí hay mucha diversión. Además viviré aquí, con él, eternamente, pues después de muerto mi espíritu también lo acompañará- responde don Emiliano, como siempre me intriga que hable de este lugar como si se tratase de una persona.
Luego bajamos por unas escaleras  hacia una especie de  cámaras subterráneas, nunca nos había hecho conocer esos rincones. Me señaló una habitación que  tenia el techo cerca del piso (aparentemente un poco grande para ser una capilla). Entra para que veas a tu amigo, me inclino un poco para entrar, la habitación era un paralelepípedo, una caja de fósforos. Oscura, profunda  pero al fondo había un rayo de luz que entraba y apenas iluminaba. No veía nada, luego me dice mira con atención, pero un fuerte hedor no me permitía concentrarme.
Al mirar con atención me di cuenta de todo, era cierto el piurano estaba ahí con las extremidades separadas de su tronco.  Una pierna torcida, la otra rota, los brazos apedreados formaban un aspa (X) delante de su cabeza. El tronco sobrante servía de soporte. Al ver eso, sentí arcadas… que me retorcían, no pude controlar mi cuerpo  y vomité la vida entera ahí mismo, sentía como un bulto se subía inconteniblemente por mi esófago y terminaba en el piso y se mezclaba con la sangre que viajaba desde el cuerpo hasta debajo de mis zapatos, (en un principio creí que era agua de lluvia o lodo, pues la oscuridad de esa suerte de capilla me hizo pensar eso), sentí como mi cerebro me punzaba y  era apretado por una mano poderosa e invisible. Al parecer no me quedó como en la figurita que me regaló, me dice el reconcha de su madre de don Emiliano. Cuando fui  recuperándome de las arcadas, comencé a entender la situación. Lo empujo con todas mis fuerzas, y se cae sobre el charco de sangre, se ríe a carcajadas como si le hicieran cosquillas en todo el cuerpo, totalmente excitado y orgulloso de su obra,  grita de felicidad untándose con la sangre. Salgo caminando  con una tristeza muy profunda, una ráfaga de sentimientos nefastos que me envolvía,  y un diluvio de lágrimas que se dispersaban a mi paso, no lo podía evitar, lloraba como un niño. Sentí que era el fin. Salí a la puerta esta vez por donde estaba aquel Ángel de piedra.  Y no miento, él me dijo--  no confíes en los párvulos tremebundos…en los inocentes espantosos. Caí sobre mis rodillas, temblando como hipotérmico. Estoy seguro me desmayé, ya muy de noche desperté.  Subí a mi bici llegué a la ciudad, crucé mi casa, el colegio, la comisaria; pero no me detuve, seguí el camino, lejos muy lejos de esta infame peste nauseabunda.

martes, 7 de diciembre de 2010

Cuentos Cortos - Cuento 3

La noche
Por Roberth Arias



 

En el inicio de la noche, siempre hay alguien que ve su amanecer. Lo sé, porque al menos para Peter, es así. Peter es mi hermano y somos muy parecidos en casi todo, o al menos eso creo. Aunque yo trabajo en el día. Ahora mismo contemplo sus últimos minutos de sueño previos a su rutina nocturna. Es tan parecido a mí hasta cuando duerme.
¾Buenas noches Peter.
¾Hola hermanito¾ dice Peter ¾ ¿Cómo estás?
¾ Bien y listo para acompañarte toda la noche¾ respondo.
Conversé con él durante el camino hacia su trabajo. Ahora son las tres de la madrugada y tengo mucho sueño; creo que voy a dormir, a pesar de que Peter me aconsejó no hacerlo…
(Una hora después)
No sé cómo, pero ahora que ya desperté estoy sangrando y con un cuchillo en el estomago. Peter me mira con tranquilidad y solo me dice: “te dije que no durmieras”.
¾Ayúdame¾ le grito.
¾¿Por qué? ¾Pregunta Peter¾ Si lo normal es dejarte morir, o al menos así lo es cuando el sol no perturba nuestros ojos.
Muy sorprendido, giro la cabeza y me encuentro con un volante de las autoridades que dice: “Ignorad la noche”   

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cuentos cortos - Cuento 2

Cuentos cortos
El beso
Por Roberth Arias


Le habían quedado tan brillantes; que ya parecía no tenerlos, parecían perdidos en su reluciente transparencia. Este fue el resultado de consumir un frasco de pasta dental y tres cepillos de diente descartables, el proceso empezó a las siete de la mañana y culminó a las siete de la noche del día en que le insinuaron tener algún tipo de derecho sobre la boca de una ex amiga. Ese mismo día quedó en verse con ella. 
Animoso, intrigado y con el friolento frenillo en el pecho que le propinaban sus nervios; salió de su casa mezquinando el tiempo, para que sus cristalizados dientes no se vean muy expuestos al color de su opaca ciudad. Ella lo esperaba natural y sin ningún cambio notorio, que se hubiese podido motivar por el evento que se avecinaba.
Con los ojos persistentemente esquivos y el sudor de sus manos frustrado por el enérgico viento, la saludó con una sonrisa que sufría en formarse. Ella con mucha suavidad lo tomó por el cuello intentando acercarlo, como quién dice “vayamos directo al grano”. Antes de que juntaran sus bocas, él decidió meterse el aliento de su pareja por la nariz; y luego, se le vino a la cabeza un número.

Se masajearon los labios y la lengua durante diez minutos.

Ni bien escuchó un sonidillo proveniente de su bolsillo, él liberó su boca y detuvo el beso. Luego, volvió a secuestrar el aliento de ella y a guardarlo en su nariz; posteriormente e igual que antes del beso, otro número se le vino a la cabeza. Al comparar los números, se echó a reír. Cuando ella le preguntó intrigada el porqué de esa desconcertante risa, él solo dijo: “Nunca más te acerques a mí”.

A partir de ese día, cada vez que deseaba estimular sus labios o lengua, se bastaba con los suyos, consideraba que era imposible encontrar mejor manera de satisfacer tal necesidad, creía que así gozaba del más exquisito y sublime placer. Cuando su madre lo sorprendió acariciándose los labios con su propia lengua y erotizándose con su propio aliento; ella, estupefacta, preguntó por qué lo hacía; y este dijo: “Es simple, madre. Lo hago porque diez es mayor que seis”. 

La posibilidad eterna de las posibilidades - Cuento 1

La posibilidad eterna de las posibilidades
Lo que se debía hacer
Por Roberth Arias

Caminaba sigilosa y plácidamente en aquel cuartito resonante, limitándose a embriagarse con el chillido de lo que fuertemente arrastraba con una de sus manos. Casi al final de su camino, se le presentó un banquito muy bien acolchonado, que por alguna de sus extrañas razones, le hacía sudar. La figura miserable y desproporcionada de un sujeto llamó su atención; aquella figura era la de un hombre muy deprimente, tanto era así que puso un gesto de tristeza que por poco no le destrozó el rostro en pedacitos. Mientras ponía la mirada fija en los zapatos de aquel hombre, su cuerpo se sentó sin pedir permiso alguno; el decrépito hombre, que veía a su costado, hizo lo mismo. Ambos retorcieron y traquetearon sus cuellos para mirarse el uno al otro, y emprender, no sé si un prolongado y volátil llanto o una conversa.
¾Así que aquí estamos de nuevo ¾dijo mirando a aquel hombre.
¾Aquí estamos de nuevo ¾logró escuchar y lo tomo como un “así es”.
¾Aún sigo sin saber por qué de nuevo ¾dijo consternado.
Luego le miró el rostro al hombre y solo encontró, como respuesta, la misma duda en su gesto.
¾Suponía que un encuentro más era innecesario, pues ya todo estaba dicho ¾dijo enfatizando más la última parte.
¾¿Ya todo estaba dicho? ¾Logró escuchar.
¾Claro, ¿acaso no lo crees así? ¾Preguntó acercándose más hacia aquel hombre, y mientras un poco de esperanza se le introducía como inyección en las venas.
¾¿Por qué no lo crees así? ¾Preguntó teniendo la parte baja de la cara ruborizada.
¾¿Qué? ¿Solo sabes mirarme? Responde, dime algo conciso al menos por esta vez ¾gritó tristemente.
Solo un instante después, friccionó fuertemente las partes laterales de su cabeza con sus dos puños, como intentando escavar para buscar su tristeza. Luego, y sin dejar de escavar, miró fijamente la figura del hombre y escuchó:
“¡Jah! Como si fuese fácil decir una sola palabra. Es imposible saber que todo está dicho. Es mejor sentarse y cerrar los ojos, esperar… sí… esperar... siempre fue ese el camino, no lo niegues ahora”.
Embriagado de ira, se propinó una enérgica bofetada. Cada palabra que había escuchado le exprimía el estomago, le causaba una asquerosidad que la sentía en el buche seguida de un mareo que lo hacía más iracundo. Tuvo que pararse para no arrojar.
¾Tú, tú no hablas, tú vomitas… Todos tenían razón, ya todo estaba dicho, y al sentarme aquí solo lo he confirmado… ¿Por qué me miras así ahora?... ¿Por qué produces tanta pena?... Esa pena… esa pena es aborrecible… ¾gritó, como si la lengua se le ahogara en la saliva y mirando fieramente la figura de aquel hombre.
Con una sola mano, cogió el banquito y lo lanzó furibundo sobre la figura de aquel hombre. Miles de partículas cristalinas brotaron luego del golpe, y la figura de aquel hombre se diluía mientras más se separaban las partículas. Así, el espejo que seguramente más odio ha reflejado, quedó hecho trizas dentro de aquel cuartito acústico. Segundos después; cogió con sus dos manos, lo que en un inicio arrastraba y hacía chillar (tal vez porque lo quería afilar), para hacer lo que debía hacer antes de ver su figura en aquel espejo ya hecho trizas.