domingo, 31 de octubre de 2010

Rarezas Cercanas - Cuento 1

Rarezas Cercanas
Ser libre y dejar que el otro también lo sea
Por Roberth Arias

"Ser libre y dejar que el otro también lo sea" era la única moral para él, había escrito muchos libros sobre ello y, como era de esperar, su vida se regía bajo este principio. Muchos lo apoyaban, pero hasta un límite. Era conocido y odiado, en algunas ocasiones, por los conservadores; y, en otras, por todos. Ideas como la libre opción sexual, el indiscriminado consumo de drogas y la poligamia eran apoyadas por él, y, por hacerlo se ganaba el odio de los conservadores y la simpatía de los liberales. Sin embargo, los liberales también lo odiaban cuando emitía ideas provenientes del lado más radical de su filosofía. Una de ellas: "Engendrar, visto de cualquier forma, será siempre un acto egoísta y sin sentido” era vista como despreciable y antihumana. Las justificaciones que proponía, luego de usarlas como premisas y obtener una conclusión, llegaban a donde querían: sustentar aquella idea; pero eso no le importaba a nadie. Fue por esta idea que siempre fue muy precavido con todos sus amantes.
“No hay razón que justifique tener hijos”, decía él, “las personas solo los desean: para que los cuiden cuando estén viejos, para obtener un pase hacia el progreso económico, para seguir su linaje, por tradición, por accidente, para venderlos, para gozar de su supuesta ternura, porque un tal Jehová así lo dice, para tener una razón de vida y sacrificio, etc. En fin… nunca se piensa en ellos al tenerlos y, si lo hacen, terminan haciéndoles una vida partiendo de la cultura de los futuros padres; por lo tanto, se está violando la libre intención del que será un individuo. Tal vez los llamados padres liberales podrían ser la aparente excepción al problema, pues estos en su inconsciente e infantil convencionalismo de que la existencia o vida tiene que ser siempre positiva (algo con sentido propio, constante y ordenado) creen que con dar los suficientes recursos y libre albedrío basta para hacerse llamar buenos padres. Pero estos, que paradójicamente se hacen llamar buenos padres; olvidan que nadie nace deseando vivir; nadie puede desear vivir sin antes nacer; nadie desea exponerse a la eventualidad de las cosas si aún no las vive. Entonces, es imposible la elección de vida o no vida; no es como escoger entre un cigarro o marihuana, porque no vives para hacerlo; por lo tanto, la decisión la toman egoístamente los progenitores y engendrar se vuelve como comprar un perro en alguna perrera…”. Este es solo un fragmento de la argumentación que solía dar; casi nunca terminaba, pues antes lo echaban, lo callaban, o  se reían de él.        
Cuando hizo pública esta idea en un libro y entrevistas, el ambiente en su país se volvió, para él, muy incómodo e insoportable, no soportaba la necedad de sus compatriotas; todo esto fue el motor que lo llevó a Londres, aunque allí tampoco consiguió simpatizantes. No solo dejó su país, sino también sus viejas costumbres excesivas; tal vez porque tanta libertad monótona se volvió indeseable, o quizá, pensaba él, nunca fue algo de un hombre libre. En Londres pasó diecinueve años escribiendo, pensando y fumando, casi siempre a la vez y sin romper su única moral. Se acogió en un pequeño departamento alejado de la ciudad, con paredes blancas, con poca decoración y pocos muebles (la mayoría eran los que el anterior dueño había dejado), con un solo cuarto, y, con un ambiente gélido. Tal vez lo más curioso era que había sustituido (en el espacio donde debería estar la sala) lo que debe ir en una sala por: un escritorio, una lámpara y una máquina para escribir. De modo que al entrar por la única despintada puerta se veía, primero, el escritorio donde escribía; más allá, en el lugar donde debería estar la cocina, solo una penosa y precaria mesa, donde comía lo que una vecina le cocinaba a cambio de un orgasmo cada semana; a la derecha del escritorio estaba el único cuarto sin puerta, que solo contenía una gran cama, donde además de dormir amontonaba su ropa; a la izquierda había una ventana con marco al estilo barroco, desde allí se podía ver la calle silenciosa y lejana. Su cuarto no tenía puerta, porque a veces, mientras la cama le cargaba la vida, se le ocurrían brillantes argumentos para defender la plena libertad; entonces debía llegar rápido a su escritorio para no perder ni la idea ni la inspiración, y aquella puerta, que en un inicio estaba allí, estorbaba. 
Todo era equilibrado y ordinario hasta que algo muy poco usual sucedió: el timbre, que no funcionó hasta ese día, cantó un tranquilo martes cuando faltaba poco para ser miércoles. Él estaba en su cuarto sin puerta intentando pensar algo, justo cuando su cuerpo empezaba a entumecerse tuvo que levantarse de mala gana y extrañado para ver quién era, pensaba en que podría ser la vecina, pero ella nunca tocaba el timbre (porque él siempre la esperaba en la puerta), y además ya le había traído la cena y los cigarrillos que necesitaba. Al llegar a la puerta le invadió la intriga y desconfianza, pensaba que tal vez no le convenía abrir la puerta; en seguida, renegó, pues pensaba, también, que si sus libros hubiesen sido capaces de convencer a todos que sigan el único principio que él apoyaba, no estaría pasando por esto. La voz enérgica, joven y femenina de quien estaba al otro lado de la puerta detuvo el momento de frustración; aquella voz le sonaba confiable y se animó a abrir la puerta. Una hermosa chiquilla, cuya mirada escenificaba dos flechas encapsuladas a punto de ser lanzadas y cuyo rostro estaba suficientemente maquillado, era la inoportuna visitante. Vestía un jean azul clásico, de esos que usan las que no desean ganarse la atención con las piernas; una casaca-polera con franjas blancas y negras alternadas; y, donde la casaca no podía cubrir, resaltaba un polo morado. Tambaleándose con sus pies cubiertos con una zapatilla North Star roja, la joven visitante usó el rostro de manera inconsciente para que él pudiera ver su sonrisa; luego, con la voz cansada, dijo: "así que eres tú".
Hace poco tiempo, él solía llamar meretrices para que no le costara dejar aquellas viejas costumbres y para que se le quitaran las ganas (generadas por aquel acuerdo con su vecina) de cortarse el miembro. Pero siempre las pedía morenas y la jovencita que se empezaba a poner impaciente no lo era, además no recordaba haber llamado una.
¾¾dijo él¾ . Evidentemente soy yo. Eh. Perdone, pero no he solicitado putas a domicilio.
Mientras lo decía desviaba su mirada hacia el suelo y se ocultaba intentando cerrar la puerta, pero sin cerrarla; como si fuese un bicho miedoso o celoso de algún tesoro.
¾Valla ¾respondió la joven haciendo notar que expiraba y sonriendo por un solo lado del rostro¾. Así que por ti he sacrificado un mes de mi vida buscándote y viajando desde Lima.
Al oír Lima él abandonó su postura de bicho y empezaba a estirarse, a abrir más la puerta y a mirarla fijamente intentando recordarla. Al no poder recordar quién era aquella joven, empezó a analizar cada palabra que ella había dicho y concluyó que: o era alguien que apreciaba algo de él, o alguien que lo odia, y que en ambos casos solo terminan jodiendo.
¾Mi nombre es Valeria ¾dijo la joven con mucha seguridad, quizá demasiada¾. ¿Puedo pasar?
¾Ah. Y qué quiere y para qué quiere pasar.
¾Bueno, primero tengo que hablar algo muy serio con usted, segundo no tengo dónde dormir y tercero no me iré de aquí a menos que me mate y desaparezca mi cadáver.
Luego de decirlo con tono altanero, ella escondió los labios y lo miró como queriendo que él se arrodillara ante sus palabras, según ella, maduras aunque caprichosas. Él reconoció enseguida dicha actitud; según él, era la típica tía que cree que en ocasiones no se puede decir que no, pero que es inofensiva, pues la agresividad solo es un atributo inherente de sus emociones. La volvió a mirar con disimulo aunque algo tembloroso. Pensó, después, que sería bueno variar sus gustos y dejar un rato a las morenas, pero antes debería llegar a algún acuerdo con ella. Entonces, tentado por la piel y energía de la joven, la dejó pasar. Mientras cerraba la puerta le dijo que caminara de frente hasta llegar a la cocina y que se sentara en la única silla que estaba al lado de la mesa. Él llevó la silla que usaba para escribir hacia la mesa para que pueda sentarse y charlar con ella.
¾Bien ¾dijo él, mientras se sentaba respirando profundamente para calmar la libido que lo había tomado desprevenido y débil¾. Podrías decirme más sobre ti.
¾Sí, después de todo, fue para eso a que vine. Tengo 18 años; vivo en Lima... en Miraflores; estudio Literatura en la Católica; he escrito algunas novelas, mi madre dice que lo de escritora lo debí heredar de mi padre y yo también lo creo.
En ese instante él se paró para invitarle algo de Vodka que tenía guardado en una caja al fondo de la cocina; el detalle era que no tenía con que combinarlo, ni siquiera agua, a menos que fuese de caño.
¾Sobre mí… ¾siguió ella¾ solo puedo decirte que cuando acojo una meta también encuentro una razón para morir ¾mientras la seguía escuchando tuvo que servir Vodka puro, pero un nuevo lío se presentó: solo tenía un vaso. Entonces decidió servirle solo a ella¾. Mi madre se llama Alessandra Cárdenas.
¾Aquí tienes ¾dijo él, mientras le acercaba el vaso y se volvía a sentar¾. Sírvete.
Ella miró el pequeño vaso transparente que parecía tener basurita o piedritas en el interior. Y, a pesar del asco que le dio, tomó un sorbo del Vodka. Ella sentía que lo bueno vendría luego, cuando ese hombre raro reaccionara.
¾Y a todo esto, no me has dicho a qué has venido, o cómo me pagarás el acogimiento de esta noche, que seguramente necesitas ¾mientras lo decía, a él le volvía a invadir esa feroz libido.
¾¿Qué? Acaso no te das cuenta ¾dijo ella mientras se empezaba a excitar¾. Está bien, te lo diré más claro. Mi nombre completo es: Valeria Odría Cárdenas.
La libido del hombre empezaba a ser sustituida por curiosidad, pues Odría era su apellido. Pensaba que era raro que fuese algún familiar, que tal vez los apellidos iguales sea coincidencia, pues no tenía hermanos que pudieran darle sobrinos, solo primos, pero ellos no se molestarían en hablarle a sus hijos sobre él, además la edad no les alcanzaría para tener una hija de dieciocho años.
¾Ah. Mucho gusto ¾dijo él ofreciéndole la mano a la joven, pero esta, más excitada aún, no le correspondió¾. Y... dígame. ¿Es usted familiar mío?
Ella no pudo contenerse más, expiró fuertemente soltando la tención en sus hombros y poniendo los ojos blancos. Y de repente saco todo el vigor contenido hasta ese instante.
¾Sí. Sí. Sí. Claro que soy familiar tuyo ¾exclamó ella, mientras se levantaba y empezaba a mirarlo firmemente¾. Soy tu hija...y mi madre fue una de tus amantes.
Al escucharlo, él sintió que el corazón le había explotado y que la sangre que almacenaba se disparaba velozmente hacia sus veinte dedos. Luego, por unos segundos se quedó como una masa inerte, sin sentir ni hacer nada; fueron tres segundos de completa nada, de pura gravedad. Lo primero que sintió después, fue pura presión; presión que se metía en un lado específico de su memoria: los años vividos en Lima; las amantes limeñas, lógicamente; Alessandra Cárdenas; y algo que pudiese haber hecho mal. Después de este proceso, la confianza casi absoluta vistió su conducta, cual bata cubre un cuerpo recién bañado en pleno invierno.
¾Imposible ¾dijo él sin saber si sonreír o no y con una paciencia que a ella le resultaba irritante¾. Recuerdo a tu madre; tenía lindas piernas; la relación que tuve con ella fue una de las más largas que tuve en Lima. Sin embargo, a pesar de follar como locos, siempre teníamos cuidado. Le dejé muy clara mi postura respecto a tener hijos.
Ella volvía a sentarse mientras lo escuchaba, recordando lo que su madre le había advertido antes de viajar en busca del hombre. Él, luego de hablar, sintió la necesidad de encender un cigarrillo. Para esto, la libido ya se había convertido en propiedad de marcianos.
¾¾dijo ella, ya no tan excitada ni irritada¾. Eso lo sé, me lo dijo mi madre. Pero ahí no se queda la cosa.
Él sentía que empezaban a despojarle el traje de confianza y empezó a aspirar el tabaco fuerte y rápidamente.
¾Ella me contó que una noche, tú no usaste preservativos, porque se te habían acabado y estabas ansioso por seguir acostándote con ella.
¾Sí, es cierto ¾interrumpe, él¾, pero yo le dije que tomara esas píldoras del día siguiente, incluso fuimos a comprarla juntos antes de dejarla en su casa.
¾Lo sé, pero ella estaba muy enamorada y creía que si… en la posibilidad de quedar embarazada y obligarte a tener un hijo y a criarlo… hubieses mandado al diablo aquella absurda y asquerosa idea sobre tener hijos, además de estar siempre juntos. Por eso, nunca tomó la píldora y te mintió diciéndote que la había tomado. Luego se enteró que estaba embarazada.
Él dejó que ella siguiera hablando, no podía decir algo; además él ya sospechaba la mentira de Alessandra, pero siempre se empeñaba en negarla, incluso a olvidarla.
¾Cuando ella se enteró de que te ibas de Lima… ¾siguió la joven¾ fue a buscarte. Aún no se le notaba la barriga. Cuando te encontró, ya estabas abandonando tu departamento de Jesús María. Me dijo que estabas muy molesto e insoportable, por eso no se atrevió a decirte que estaba embarazada. La primera vez que le pregunté sobre mi padre, ella me dijo que estabas enfermo y que ya vendrías; luego, debido a que insistía en la pregunta, me dijo que habías muerto. Yo quise corroborar lo que me dijo; cuando me enteré que era mentira, ella se animó a contarme la verdad. Después, yo le dije que quería buscarte, ella no quiso; me dijo que tú no te alegrarías al verme y enterarte que eres mi padre; yo no le creí, así que insistí. Entonces ella me dio varios de tus libros diciéndome que lo de escritora lo heredé de mi padre. Al empezar a leerlos sentía admiración y simpatía por tus ideas, pero al leer las partes asquerosas… ¾antes de seguir ella volvió a mirarle los ojos fijamente¾ me di cuenta que mi madre tenía razón, que tú no te alegrarías al verme, tal vez no por irresponsable, sino por tener la cabeza enferma y llena de mierda. Al final no me importó nada y vine a buscarte. Quería verle la cara al cabrón antihumano de los libros. Mi madre tuvo que darme su bendición y dinero forzosamente… Y aquí me tienes. ¿Qué piensas hacer?
Él sintió por primera vez la gratitud de las cosas, la falta que hacen los viajes en el tiempo, la imposibilidad de negar su crimen. Las sentía más según respiraba y sudaba cada vez más rápido. Se sentía como el asesino que no quería matar: con taquicardia momentánea y muriéndose lentamente.
¾¿Qué pienso hacer? ¾Dijo él, lentamente, con la voz discontinua y baja¾. ¿Qué hablas? Si esa no debería ser la pregunta. Más bien… ¿Qué quieres tú?
Él se levantó y empezó a dar vueltas en la sala mirando lúgubremente su querido escritorio y su vieja máquina de escribir. Cogió todo lo que había escrito y empezó a guardarlo en una enorme caja junto con su máquina de escribir, mientras ella empezaba a responder la pregunta.
¾¿Yo? ¾Dijo ella, tan serena como cuando llegó¾. Uhm... Solo deseo que digas que me quieres. También quería un departamento como el que tienes ahora y llevar unos cursos por un tiempo en la University of the Arts London. Lo de la universidad está arreglado, solo quisiera que me ayudes con el departamento, es que a mí también me gusta vivir sola. Eso es todo.
¾Bien, ¿eso es todo, verdad?
¾¾afirmó la joven.
Luego de terminar guardar sus cosas en la gran caja, puso la cara seria y llevó su mano derecha en forma de puño cerca de su boca para pensar, o siendo más exactos, para reflexionar partiendo de su única moral.
¾Entonces, así será ¾dijo, luego de tres segundos de reflexión.
Él abrió la ventana de la sala cerrando los ojos para que no le molestará el polvo que había en ella, después se paró dando la espalda a la ventana y mirándola sentada en la cocina. Al rato, fiel a su único principio y pensando que no tenía a dónde ir a vivir; arrojó las llaves de su departamento al suelo, la volvió a mirar para decirle que la quería y con un movimiento rápido se dejo caer desde el sexto piso del edificio donde vivía. En su mente, mientras caía, afirmaba: “No, no se puede hacer más”.   
               

Mística


Mística

Por  Alan  Azabache

Generalmente ignoro las razones que me llevan a escribir estas historias, tampoco deseo saberlas con seguridad, es mejor así. Pero, puede que se deba a cierto anhelo de querer crear un mundo en el cual decidimos el destino que seguirán los personajes.  Pero  no sucede siempre, hay veces en las  que el personaje escribe su propia historia; y el responsable  (que no soy un profesional de la pluma sino un pelmazo injertador de palabras) será desplazado a ser un simple espectador.


Primera parte: “La Luz”

Me hallaba resignado  con un cigarrillo consumiéndose entre mis labios,  doy  constancia de que fue una decadente noche cuando caminaba por unos edificios abandonados, en ellos solían vivir las familias clase-medieras de esta ciudad. Estaban destruidos y desolados, como si un terremoto bíblico proporcional al tamaño de dichas construcciones, se ocupara de castigarlos continuamente; es el castigo merecido por los pecados cometidos por sus moradores. Y pensar que hace unos años se tenía que pagar miles de dólares para habitar estos sepulcros que son denominados departamentos.

Era una noche muy solitaria además de fría. Las luces de los postes eran tenues y parpadeantes, apenas le ganaban a la penumbra que empapaba las calles asoladas por construcciones a medio caer. Yo deambulaba solitario, aburrido, hambriento, sediento, sin afecto, carente de amor vaginal; pues mi amiga incondicional la soledad (lo único que me queda) no quiere acceder a  tácitas peticiones necesarias para mi supervivencia. Anduve en medio de esas calles casi como un roedor buscando entre los escombros algo de comer, sólo caminaba execrando con las pocas fuerzas que me envuelven a esos malditos tiranos que se han apoderado del país. Están en todas partes, han terminado de corroer lo poco perfectible que quedaba. Su organización, desde hace mas de un año ha doblegado a las fuerzas militares y policiales.
En el olvido ha quedado la temida revolución proletaria vaticinada por Marx, muertos están los fascistas disfrazados de demócratas absurdos que cada cinco años se adelantaban al futuro y nos inundaban de falacias e ilusiones criminales. Agonizantes viven ahora “los usureros” (ya saben a quienes me refiero) la gran mayoría se lo merece. Ha empezado la negación de la política, ahora los antiguos marginales son los dueños del país.  Esos que siempre fueron obviados de los proyectos de nuestra nación, los que fueron alimentados por el paternalismo asistencialista, han implantado su sistema al precio más alto, o al más justo diría yo (sin la minúscula intensión de justificar sus actos totalmente llenos de barbaries).

Ahora la tendencia reaccionaria es el pacifismo, no me he considerado parte de la resistencia; yo simplemente sobrevivo. Día a día, vivo escondido y salgo por las noches a buscar que comer, a fumar cigarrillos de los almacenes, y si tengo suerte encontrar alguna botella de licor en las tiendas y supermercados abandonados, pues la gente que no ha huido ha servido para experimentos. Aun así, soy muy sigiloso no vaya a ser que me pillen los policías lacayos del “Callejón Melchoriano (donde los cinco hombres mas aptos, gobiernan la sociedad), ya quisieran estar ahí esa sarta de pirañitas que legislaban en el anterior sistema. Debo andar con cuidado si no quiero terminar como mi amigo Matías, un arquitecto que tenía muy buen futuro profesional;  lo capturaron, y hasta donde se, fue llevado a una especie de laboratorio donde experimentan a nivel científico-sádico con aquellos que no se unen al bando de los melchorianos. Allí hacían cosas espeluznantes, torturas, mutilaciones, y demás actos desagradables. Una vez comieron un perro, el pobre animal agonizaba mientras ellos desgarraban con tenedores en mano, su cuerpo.

No sucedía nada especial en mi vida, siempre era lo mismo. Lo único eran las conspiraciones que tramaban algunos ilusos, fanáticos de Gandhi, que siempre fracasaban en sus intentos por regresar a la sociedad pasada; donde ser violento, asesino o ladrón era lo marginal y hasta algunos eran encerrados en la cárcel por cometer dichos actos. Irónicamente todo ha cambiado.

Como dije nada interesante sucedía, hasta aquella noche; en la que caminaba con un cigarrillo consumiéndose entre mis labios. Apropósito, cuando recién me anime a fumar cigarrillos me parecía pajerísimo; no había nada mejor que eso, excepto escuchar mi melodía favorita; bueno escuchar mi sonata preferida y fumar un cigarrillo era mejor que todo. No me refiero a Amadeus Mozart, ni a F. Schubert; menos a Ludwig van Beethoven. Sino a  Carl Orff con su tema tan apreciado por mis sentidos  “O fortuna”; dedicada a una diosa romana, la diosa de la fortuna. Eran geniales esos días, cuando los parlantes de la computadora sonaban a Orff o a Bach; por lo menos la Alemania no nos ha defraudado en cuanto a compositores y tampoco  se queda atrás con los genocidas. Acto seguido me acostaba en la cama con un cigarro que sostenían dos de mis dedos, estirados, mi mano simulando una pistola así como cuando eres niño y juegas a los policías y ladrones. Cerraba los ojos y  mi cabeza, que apoyaba su peso en una confortable almohada, comenzaba a delirar. Entonces  “O fortuna” (Carmina Burana) animaba a esos seres dormidos, dichos seres eran plenamente libres en aquellas imágenes (esperpentas a cualquier ojo ordinario). O fortuna se encargaba de brindarle  el “soplo de vida” a las escenas extravagantes que eran proyectadas en ese panel abstracto que es mi mente. Ahí estaban las escenas expresas en un diluvio crudo. Imágenes de las que muchos se avergonzarían, y tratan de reprimir por culpa de la teoría de los sentimientos morales (espectador imparcial que juzga lo bueno y lo malo), ¿pero  quien seria el osado de apedrearme por mis pensamientos escabrosos?
Me sentía muy sofisticado como un chiquillo en su primer acto de rebelión cansado de tanto obedecer. Posteriormente lo hacia cuando los nervios me invadían por culpa de una condenada. Y decidí dejarlos simplemente por que me di cuenta de que luego de fumar siete u ocho seguidos, me deprimía. Odiaba al mundo en ese instante, luego de sentirme sucio; me prometía “esta es la última vez que lo hago”. Lamentablemente las promesas no son más que mediocres predicciones idealistas que se desvanecen con la debilidad de mi voluntad, una voluntad superflua que por lo tanto no importa romperlas. El honor se esfuma y no hay “pero” que valga, es más, me había acostumbrado al olor del tabaco tanto que era necesario percibir  su aroma. 
Agradable era sentir como  el tabaco entorpecía mi equilibrio; y  si no lo hacía me ponía de mal humor, empingorotado con el planeta tierra y es mejor estar deprimido que de mal humor, cuando estoy en ese estado me dan ganas de mandar a la contemplativa mierda (que es tan irrefutable) a medio Perú. Si mejor deprimido, así no tengo que andar disculpándome con los que ofendo en mis ratos ausentes de cigarro, cojudecez.





A lo lejos escuché voces que cada vez se oían más cerca, gritaban en coro frases del gran Mahatma Gandhi (“el alma grande”), frases como: “seguiremos con la resistencia no violenta” o tal vez  “ojo por ojo y el mundo se quedara ciego”.
Aquellos eran los rebeldes, y había que exterminarlos.
Ipso facto, un grupo de policías de cerebro deteriorado; se lanzaron a golpes sobre los protestantes. En los rostros de los policías se notó el regocijo que les proporcionaba el maltratar a los detenidos. Si había algo que aborrecían los melchores, eran los pacifistas.
Inmediatamente me escondí detrás de un muro a observar lo que acontecía en esos instantes. Los golpes que eran propinados me hicieron reflexionar que no podía prosperar una revolución pacifista,  debido a que la violencia estará presente; puede que no provenga de los contestatarios, pero, si de los represivos y entonces las dulzonas ideas de resistencia no violenta se van al diablo.

Los golpes no calmaban la avaricia brutal de los señores que encarnan el orden y la disciplina, golpeaban sin piedad; pero la verdad, no me sorprendía nada de lo ocurrido. En cambio toda la expresión de mi rostro se fue disformando a medida que observaba con detenimiento a los que eran agredidos.
Mis ojos se narcotizaron, cuando distinguí de esas personas a Mística, mi amada Mística. No lo podía creer, era ella, no quedaba duda alguna de eso; la reconocería hasta con los ojos vendados. Y no podía quedarme con los brazos cruzados, algo tenía que hacer; no iba a permitir que la rudeza de esos brutazos lastimen la luz de aquella noche, mi luz.   


Segunda parte:

(Para M.F.)

Palabras como “vesánica” o “estulta” solían salir de sus labios, yo creo que ella inventó esta última palabra o tal vez la ha patentado como suya, suena tan agradable cuando ella la pronuncia, y si yo no supiera su significado pensaría que es un halago, algún sinónimo de belleza.  Me da la sensación que aquella palabra solamente se le podría adjetivar a una mujer, sonaría marica si le dices a un hombre que es estulto.
La habían mandado sus padres a estudiar a estos lugares y pasábamos los días conversando sentados frente a un vacio cibernético que impedía escuchar el tono de su voz (ella así lo quiso, temía que yo me enamorase de ella; prudente de su parte); no podía saber si sus tardes eran  alegres  o luctuosas. Sin embargo, los  atardeceres eran absurdos si no le escribía una palabra con ayuda del teclado; cuando no ocurría aquello prefería salir  y sentarme a unos metros de un abismo bicolor.
Debajo de ese abismo  una playa muy concurrida por los fanáticos de las olas me impresionaba. Era algo complicado distinguir ese azul opaco del mar, del celeste de un pálido cielo gris. Al fondo magnificaba el paisaje un disco fulgurante que oscila entre los miles de colores que se encuentran del rojo al amarillo. Era un paraje muy inmenso e inspirador, cómplice para cualquiera de mis locas ideas.
Gustaba sentarme frente a él y observar cada instante del crepúsculo, mientras en mi mente danzaba ella, a ritmo de slow blues; era una de mis más añoradas fantasías eróticas. Que me regale un baile y ver el meneo de  su cuerpo al compás de la guitarra sensual de Hendrix, el disco refulgente  se ocultaba y el deseo me enardecía todo el cuerpo; en especial allí donde el escozor deja de ser  fastidio para convertirse en placer, la entrepierna.
Disfruté mucho de esas tardes alucinando que su sonrisa encuentra un deleite en mí, que sus cabellos largos caen sobre su espalda como una cascada que sus aguas  no llegan a tocar la superficie de un manantial; que sus piernas desnudas muy bien delineadas, entusiasman las palpitaciones de mi pecho.
 
Su persona siempre expresaba un gran optimismo. Pero mi suspicacia dice que escondía alguna fobia que ella disfrazaba de algarabía destellosa, alguna tristeza, un probable golpe que la atormente. Sus miedos, temores, deseos y necesidades son asuntos en los que no quisiera penetrar, prefiero mantenerme en la lejanía; y que mis brazos se insinúen pidiéndole posada en los mares de su alma.                                          
      
La primera vez que crucé palabras con ella, la maldita tembladera en la pierna me delató como uno de esos tipos que comúnmente la merodeaban. Sí, eran muchos, uno más atractivo y mejor que el otro. Se acercaban con el gran pretexto de la amistad pero en el fondo bien que andaban muriéndose por estar con ella; y no los culpo, yo aun padezco de ese mal, es un mal del que no quisiera curarme. Sin embargo en mi caso fue distinto, desde la primera palabra que le dije o para ser más especifico, que le escribí, fui sincero implícitamente con mis intenciones hacia su persona. No me frustraba en decir lo que pensaba de ella, puede que esté acostumbrada a que le digan que era muy  guapa y cosas así. Como en una ocasión cuando me pidió que no la llame bellísima,  y  le respondí:

- pero por qué,  a mí me parece que lo eres.
 - sólo, no me digas eso, te agradecería mucho.
- bien, si no deseas que te lo recuerde, entenderé.
-gracias por comprenderlo.

Me esfuerzo por cumplir con ello, pero es un crimen ver una mujer así y no decirle que es un regalo de la naturaleza; y que dicha la mía de haberla conocido. Fuera de ello, su belleza es diferente va mucho más allá del prototipo estético vendido por los medios de comunicación. No puedo dejar de avergonzarme de que soy un hombre común, un hombre ordinario que fue atraído en un principio por sus cualidades físicas, exteriores, visibles a cualquier ojo mortal; fui jalado por el magnetismo de su hermosura como si yo fuese un residuo de metal errante que es arrastrado por un imán potente e ineludible. El sólo verla me satisfacía inmediatamente; ahora me entristece vivir de las cenizas de esos recuerdos que alimentan lo quimérico.
Es honorable reconocer esta dependencia por mis gustos y deseos, Mística.

Ella es a mí…
Como Beatriz a es Dante
Como Laura es a Petrarca
Como Silvia es a Melgar (…)

(Si tengo algo  en común con ellos no es el arte de escribir, ellos son maestros, yo un simple embustero. Lo que tenemos en común es que son amores no correspondidos)

Volviendo al relato, seguían los seis policías abusando. Empecé a contarlos haber si se me ocurría algo. Estaban: Mística, sus dos amigas; y el resto eran como quince personas.  Me acerqué cauteloso, llevaba una pistola que me dio como regalo de cumpleaños el buen Matías (antes que lo capturaran). Entonces arrojé una piedra que reventó unos vidrios cerca de ellos. Todo se tornó caos y violencia, las balas comenzaron a desesperarse por salir, y no se detuvieron. ¡Bang! ¡Bang!, sonaban favoreciendo el disturbio y la confusión. Me ayudó, pues algunos empezaron a escaparse yo  miraba atento a mística que empujó a uno de los polis y empezó a correr junto con sus compañeros, corrían y corrían. A lo que levante mi mano y grité muy fuerte: ¡por aquí! ¡Vengan, vengan!, sin  dejar de disparar a los imbéciles de los policías, pues algunos de los amigos de Mística ya estaban heridos y debidamente maltratados.
Los tipos llegaron hacia donde yo estaba, sus rostros ilustraban el terror. Los policías se entretuvieron con los caídos; entonces nosotros aprovechamos a  correr juntos unas  ocho cuadras y los llevé por unos callejones para luego escondernos en una casa que estaba por caerse; nos metimos y  subimos hacia una habitación vacía, sólo con algunos muebles  empolvados.

-Ya los perdimos- dijo uno de los tipos
 -no se confíen, de repente nos han seguido y se están haciendo los cojudos- comenté
-gracias por  ayudarnos-dijo Mística, que aun no me reconocía
-no los he ayudado, sólo he corrido con ustedes

No me reconoció, posiblemente por el tiempo que había transcurrido desde la ultima vez que la vi  o seguro por que yo andaba un poco diferente a cuando la frecuentaba; ahora tengo el cabello prolongado, uso  anteojos y la barba crecida. En ese instante la observé esperando que me llamara por mi nombre y me dé un abrazo, que no me caería nada mal viniendo de ella.
Después de un rato de silencio:

-¿por qué son tan necios?, ¿por qué siguen gritando como idiotas?, su pacifismo se esta convirtiendo en un pordiosero  masoquismo-había hablado.

-¿Ángelo?- Mística  exclamó-¡Eres tú!

Entonces, me sentí  emocionado.  Una mirada que la apuntó  acompañada de  una sonrisa burlona hacia el costado, satisfizo su pregunta.

-¡Ha!, si, ¿como te va?- contesté

Ella sonrió; iba a decir algo, cuando…

-tonto, acaso quieres que esas bestias te gobiernen-dijo uno de los tipos

-¡claro que no!, pero con guerra de pastelitos no ganaran ni mierda-respondí

-tiene razón,  guerra a la guerra con esos putrefactos melchorianos-dijo otro

-¡cállense!, no se dan cuenta que ya no se puede hacer nada, la gente se esta adaptando a este nuevo sistema, y he oído que se esta extendiendo a otros países- comentó Gabriela, una amiga muy cercana a Mística

Y Mística con un tono menos amable exclamó: ¡Que les esta pasando!, van a mandar al tacho, todo nuestro esfuerzo. Aun podemos lograr algo si nos lo proponemos y desechamos nuestro derrotismo.

-Si, mística, pero las veces que nos hemos reunido en algún lugar para tratar algunos temas, en sólo una ocasión no nos golpearon-dijo Alessandro

-Entonces entre ustedes hay un despreciable alevoso-dije con voz alta mientras ataba mis zapatillas, en un tono bufonesco.
Todos se rieron de la pura preocupación, posiblemente no se habían propuesto que entre ellos había un traidor que trabajaba para el gobierno.
Y yo que pensaba llevarlos  a mi refugio cinco estrellas. Ahora nica, hasta saber quien es el pérfido desgraciado.

Luego uno de los que estaba en la habitación algo preocupado y con el aspecto de quien esconde una infamia, salió diciendo que iba a orinar; a los pocos minutos llego él y dos policías más a disparar como locos, todos empezaron a correr, algunos cayeron a balazos. Se armó una gresca de la gran puta, los polis masacraron a los que se quedaron; pero,  logramos escapar de ahí por una de las escaleras en mal estado y sólo hemos quedado Mística, Gabriela, Melanie, Alessandro y yo.

Las razones que me impulsaron a correr con ellos eran obvias quería sobrevivir y quería vivir cerca de Mística. Mi vida aun estaba sin sentido, me había propuesto un horizonte pero me gustó más el  correr hacia el horizonte que llegar a él. Tengo la certeza que el hecho  de subir a esa cúspide es mejor que estar en ella.

Ahora  debía confiar en los tipos así que los lleve a mi refugio que era muy seguro, para tramar que haríamos después de esa gran merma en la casa vieja  donde nos escondimos y fuimos delatados por un felón melchoriano. Caminamos cerca de una hora hacia mi refugio.

-Llegamos, llegamos a mi bunker

Melanie: ¿esta porquería?

El resto soltó risas, menos Mística que es una dama.
-es una porquería que te brindara su calor- respondí, sin rencores o resentimientos.

Era un edificio de esos que vez y dices “que criatura infortuna se atrevería a vivir  aquí”, era de esos que no dan indicios de vida: Pequeño, viejo y descuidado  sobre todo deshabitado.  Ahora tendría huéspedes pero no por mucho tiempo, no podíamos darnos el lujo de sedentarizarnos porque seguro que nos andaban buscando los policías. Y si nos encontraban  no nos matarían inmediatamente; bien se  cerciorarían de que hayamos sufrido horrores, primero nos torturaban de la más gore de las formas y si alguno de ellos conocía el concepto de piedad  nos mataría a medio camino.

Estábamos dentro de una zona residencial habían muchos edificios, pero yo vivía en el  que probablemente no atraería sospechas. Subimos hasta el tercer piso, luego caminamos por el pasadizo que no tenía ni luz eléctrica.
-¡Ese es!- abro la puerta y les digo- bienvenidos, no sean tímidos entren 
Ellos entraron, estoy seguro  que por cortesía nomas. Encendí las lámparas Y un haz de luminosidad  abrigó el lugar.
Gabriela: menudo lugar.
Alessandro: bien tío, acá debes traerte buenas hembritas
Mística: degenerados…
La sociedad melchoriana no llevaba  muchos años en el poder, apenas estaba evolucionando. Probablemente en  sus planes  estaba promover la poligamia masculina, por eso que sus victimas favoritas eran varones; para que las mujeres fueran las que abunden y los hombres  sobrevivientes por lo tanto dignos,  sean los más solicitados (selección natural, como diría Darwin).
-No nada que ver maestro, por aquí no hay  siquiera  vecinos- respondo a Alessandro.
 En mi pequeño departamento sólo había un dormitorio,  un baño, una sala y una pequeña  habitación que usaba como estudio, ahí estaban mis libros, mis discos, y un estéreo para vacilarme con mi música. Los muebles eran los necesarios, ¿para que llenar mi covacha de objetos inútiles?
Traje algo de comer y de beber que se evaporó  en instantes, el susto que habíamos pasado nos dio un hambre de los cojones. Luego nos sentamos   en la alfombra que cubría el piso de madera. Ese fue el preludio de lo que se avecinaba, nuestro futuro empezó a decidirse y “La Donna e Mobile” comenzó a sonar.

Mística: ¡Que haremos ahora!

Alessandro: Creo que dormir

Mística: No seas payaso

Melanie: No es mala idea, eh

Gabriela: Debemos huir del país, en este apartamento estaremos seguros por                                                    unos días, ¿pero luego?

-Lo que dice Gabriela es lo mas sensato que he oído, si nos quedamos aquí moriremos, además supongo que a mi también me están buscando, escribí algunos artículos en internet denigrando al gobierno- dije tratando de convencerlos.

Alessandro: ¿como escaparemos y a donde?

Melanie: lo importante es salir de este país. No podemos salir en avión, el aeropuerto es el lugar menos indicado para escapar.

Mística: si tienes razón, esta muy controlado ahí. Será mañana por la mañana, nos largamos de este país, buscaremos como transportarnos y eso será todo.

Alessandro: mi padre me dejó una camioneta nuevecita, por sacar buenas calificaciones en mis parciales. La dejé escondida, yo la traeré mañana; lo prometo.

Gabriela: ¡perfecto!
Mística: Alisten lo necesario para viajar, ahora  seria bueno descansar y gracias Ángelo por acogernos aquí.

-No tienes que agradecer, gracias a ustedes por darle diversión a esta desgracia-  tomé un trago refrescante de mi rica pepsi. Y  me acosté en la alfombra  colocando un cojín debajo de mi cabeza, no lograba imaginar que pasaría. Normalmente no puedo dormir, siempre ando despierto en las noches; la única forma de lograr dormir es pensar en no pensar, y eso es lo mas difícil de pensar.

Tercera parte:

Una de esas pesadillas que generalmente estropean mi descanso, me despertó, pero me tranquilicé al ver la doncellez con que dormía mi adorada Mística; a pesar del tiempo seguía igual de preciosa, es como si el tiempo se sintiera agradecido de que ella exista, por eso se encarga de mantener su belleza en él, que cruelmente todo lo estropea. Me paré y fui a tomar un vaso de agua sin hacer ruido ya que todos dormían como cachorritos. Y seguí mirando la respiración de Mística
A la mañana siguiente cuando desperté la camioneta de Alessandro estaba ya en la cochera del edificio. Las mochilas y maletas se alistaron, lo que me iba acompañar ese día fue unos libros, un violín y algo de ropa, no recuerdo que más. Las chicas acomodaron un huevo de cosas que Dios sabe que serían, en la maletera colocamos  las bebidas,  comida que no se malogre con el viaje, frazadas  y todas esas cosas.
Después del desayuno, ¡Listo! nuestro viaje comenzó un veintiséis de marzo (día muy memorable para Mística, para mi también pero no por las mismas razones que para ella) era  otoño y ya un frio  traicionero empezaba a sentirse, haber que peripecias tendríamos que afrontar. Nos subimos al auto y arrancamos, Alessandro manejaba obsequioso; a mi costado estaba Gabriela  luego Melanie, y adelante Mística.
Salimos a la carretera con rumbo a las fronteras, No habían pasado ni dos horas de camino y ya estaba aburrido. El tiempo se pasaba entre el dormir y el despertar, no importaba si la luz fastidiosa era la de la luna o la del disco fulgurante; el paisaje era  desierto y mas desierto y en medio de ese desierto mi único oasis era Mística, mi único alimento espiritual  que iba al costado de Alessandro. Por ratos tocaba el violín y ellos adivinaban que melodía era, si no lo hacían el retador tendría que sacarse alguna prenda o hacer una pequeña locura que nos entretenga; comíamos, bebíamos, cantábamos, y jugábamos tratando  de olvidar el despotismo melchoriano.
Los dos primeros días fueron tediosos, de ahí nos detuvimos a dormir en un hotel  porque ya causaba molestias dormir en la camioneta del Alessandro, además queríamos asearnos, tener un poco de privacidad, etc. y llenar el tanque de la camioneta. ¡Noventaisiete!, no le vayan a desbaratar el motor a la carcocha bien presentable que nos transporta.

Ya habíamos pasado dos provincias de las cinco que teníamos que pasar para salir del país. Nos detuvimos a descansar en un  hotel-grifo, lo necesitábamos y la camioneta mucho más que nosotros.
Alessandro se entretenía mayormente observándoles el culo a las chicas, a veces también a Mística. ¡Hey!, cuidado con faltarle el respeto a mi musa por que soy capaz de arrancarte los huevos con mis propias manos.  Ya decía  un sabio poema medieval europeo “se puede nacer sin ojos, pero no sin el ojo del culo”,  es la única parte que recuerdo de ese poema;  claro por que a los   once años, lees todo un texto y solo recuerdas lo que te impacta, tuve la suerte de que: lo primero que lees, lo primero que te gusta. Así nació mi amor incondicional por las letras.

Estaba  duchándome, cuando unos ruidos femeninos  algo familiares  me llamaron la atención: ¡ahh!, ¡Hmm!, ¡si!, ¡Oh!.. Santa madre  esta jovencita si que es muy expresiva y tiene todo un florilegio de gemidos para escoger; en voz susurrante dije para mí: me agradan las personas que no son muy monótonas. Salí del baño cubierto a la mitad por una toalla blanca, caminé  para  fisgonear  el lugar de donde provenían los ruidos, me acerqué con la misma  similitud de un púber entrante a la mocedad, curioso por oír  los ruidos de la madrugada que salen del cuarto de sus padres.
¡La primera impresión es la que vale!, era Melanie completamente desnuda frotando su cuerpo con un objeto de formas fálicas e introduciéndolo en sus  íntimos adentros, veía la agitación de sus pechos blancos como dos colinas adornadas de un claro marrón  en el pináculo, que eran acariciados por su otra mano. Los dedos de sus pies se contraían mientras se mordía los labios, luego cerraba los ojos y su lengua salía a saborear su boca con la misma  sensación de placer de comerse un helado, como si hubiera manchado sus labios con helado de chocolate y su lengua traviesa los limpiara con inocencia.
Me escondí al costado de la puerta a seguir observando. La toalla que me cubría tomó otros moldes  e hizo que se desatara. Estiré mi cuello como para ver el resto de la habitación, me di con la sorpresa de que Melanie no estaba sola, sino que estaba dándole un espectáculo a Alessandro. Ahora, tal vez sin quererlo, Melanie nos brindaba una ofrenda en un concierto de clamores extasiantes a dos hombres, uno frente a ella y el otro (sin que ella lo sepa) escondido detrás de una puerta a medio abrir. Para entonces Melanie, seguía disfrutando el momento, al igual que yo y El loco Alessandro, pero este se cansó de ver como ella se proporcionaba el placer, así que en  fiel cumplimiento de su  deber como macho de la especie, en un acto cívico y de humanidad, se abalanzó sobre  la riquísima Melanie para  juntos romper el  sexto mandamiento  de las leyes cristianas.
Él decidió tirarse sobre ella, y  yo decidí ir a terminar de bañarme para que ellos tengan su respectivo momento de gozo e intimidad; preferí irme y dejar que ellos se recreen de una forma saludable y natural, aunque  su santidad el papa condene  estos actos lascivos.  Si, romper el sexto mandamiento es el favorito en el ranking de los pecados.

Para no ser tan grosero he obviado detalles de aquel momento, tales como la gran cantidad de lunares que había en su cuerpo, cual cielo adornado de estrellas en una noche taciturna. También el movimiento agitado de sus pechos redondeados,  sus muslos  moldeados de tal forma que anunciaban un trasero muy bien cuidado, en excelentes condiciones  (se nota que le da su debido mantenimiento)  y un pubis tremendamente cariñoso.



A la media hora yo me encontraba en la terraza con un periódico sobre mis piernas, informándome sobre los sucesos que acontecían en el país. Llegaron ellos, como si no hubiera pasado nada, como si sólo hubieran estado comiendo sandia en la cama;  si, la sandia, me atrevo a decir que es la fruta más sabrosa, y todo seria perfecto sino fueran por esas pepitas que estorban cuando uno se dispone a comer este rico fruto.   
Ya debidamente follados me preguntan por Mística y Gabriela, entonces les obsequié una mirada picaresca de  “los he visto chicos, no se hagan los santurrones conmigo”.  Y les contesté -salieron a comprar algunas cosas a un pueblo de por acá cerca, ya no demoran en llegar.

El firmamento había oscurecido, ya andábamos  en la carretera nuevamente ahora la que maneja es Gabriela, Alessandro la acompañaba a su derecha, atrás iba mística sentada entre Melanie y yo.

¿Cual podría ser tu peor defecto?-me preguntó Mística mientras comíamos -tal vez haberme sentido superior a la sociedad- respondí, sin haberlo pensado –ah…creo que no es cierto, nunca me he sentido superior, lo correcto seria decir que me he sentido ajeno a la sociedad, sólo me atrevía a criticarla fuera de esta (lo cual es completamente falso y sólo quiero creer yo. Ningún hombre puede ser ajeno a la sociedad); probablemente es porque no me sentía perteneciente a ella… pero ya de nada sirve por que la sociedad que siempre odie ahora ya no existe, se terminó- de inmediato sentí que había dicho una magnifica tontería…y ella me lanzó una expresión que apacigua intranquilidades. Seguimos conversando, pero lo recuerdo vagamente.

Todos dormían, pues era de madrugada sólo Gabriela que conduce muy atenta a la carretera. Yo no podía dormir, prefería ir mirando la luna que permanecía inmóvil en el cielo como si fuera un hueco diáfano en medio de las tinieblas. Sentí un peso que estorbaba mi  hombro inmediatamente volteé  y  era mística dormida que apoyaba su cabeza, pero igual era una molestia tenerla apoyada en mi hombro, por lo tanto empecé a moverlo para que quite ese peso de mí; despertó y la luz perfumada de sus ojos me iluminaron… yo no aguante más las ganas que tenia de saborear su boca, así que me mandé y le di un beso, la besé, sentí como el corazón retumbaba en mi pecho probablemente a ella también le ocurría lo mismo. Mis manos cobraron vida propia y la acarician con delicadeza, ella también correspondió. Nunca había disfrutado un beso de tal forma. Fueron sólo unos instantes en los que sus rojos carnosos labios eran rozados por los míos… el momento que más temía se dio, me refiero a que la boca de mística se detuvo, dejó de besarme y abrió los ojos para decir: “esto no tiene que volver a pasar jamás, nunca se debió dar”-sus palabras eran cuchillos que atravesaban el alma, látigos sadomasoquistas que castigan mis entrañas  a ritmo de una inamornía-terminábamos de besarnos, era un momento perfecto para mí y como dijo la señora Mistral: “hay besos silenciosos que por prohibidos, verdaderos;  que calcinan y hieren”, Y fue como ocurrió un tímido beso silencioso que para ella era prohibido para mí verdadero pero que asoló cruelmente mis inofensivos sentimientos.

Algo jocoso es recordar con cierta nostalgia una canción que escuchaba cuando era adolescente “la vida no es para feos, yo soy un feo y ella malditamente hermosa…”. No lo entendía en ese tiempo, no había despertado aun el amor por una mujer, prefería andar en soledad no me gustaba andar con niños torpes o niñas engreídas que sólo abren la boca para decir sandeces, a mi me gustaba tratar con gente de primera calidad, como van goth, Wolfang, Ludwig, Bécquer, Alexander “the great”. La historia la aprendí de Herodoto, Marx y Basadre, esos eran mis amigos no andaba con, incultos; si nos referimos a la definición que le dan los diccionarios  (hechos por tipos cultos) a las personas incultas,  por no decir ignorantes en términos sociológicos: que son aquellos que no tienen conocimiento de algún arte, ciencia, matemáticas, filosofía o religión. Ya si nos referimos en términos estrictamente filosóficos, nadie de estos se salva ya que todos ignoramos algo, así que a mi parecer la ignorancia no es tan relativa. Pensándolo bien Cambiaria las insignificancias que conozco por la ignorancia de la que padecía, en esos tiempos era feliz en mi estupidez.

Su jodida boca me había correspondido por instantes, luego me expectoró de la más cruel de las formas con un desabrido sentido de culpa.
Después de ese momento me siento fatal, condeno cuando decidí unirme a ellos para escapar como un gusano cobarde que teme ser comido por algún  pájaro carroñero. Lastimosamente ya es tarde para escapar de ellos, aun así la quiero, he sido sometido por su amor despótico y tirano, el yugo de su belleza indiferente a mis desordenes emocionales me calcinan y hieren.

En estas circunstancias estas ridiculeces son un estorbo para pensar bien en lo que haremos para escapar, son un estorbo como su cabeza apoyada en mi hombro y así como sacudí mi hombro para sacar ese molesto peso de su cabeza; tendré que sacudir mi mente para pensar con claridad  y evacuar esas ridiculeces que calcinan y hieren.

Esa noche no pude dormir ni un instante, Gabriela casi se  estrella contra una piedra que yacía al costado de la carretera, entonces me ofrecí para conducir por que Gaby (como le dicen los amigos), se notaba cansada de la soporífera  actividad de manejar. Yo no pude dormir, pero quise manejar para tratar de no pensar.


Ya estábamos a una provincia de la frontera, en cuestión de horas la cruzaríamos y nos libraríamos de los malnacidos melchorianos; no me atrevo a mirar a mística, se que estos momentos debe estar sintiendo lastima o rencor o culpabilidad  por que me atreví a besarla.

Resulta que llegamos a cierto lugar, era un pueblo no muy grande, las  casas eran de un material rústico. Recorrimos algunas calles; al  llegar a una esquina el silbido de unos policías nos desconcertó. ¡La reputa madre que los vio nacer!;  aceleré, el carro endemoniado era muy veloz… los demás se asustaron
-¿Qué sucede?- pregunta Alessandro- Sucede que ya nos jodimos nos persiguen los tombos en un carro-respondiéndole sin perder la concentración en la autopista- ¡carajo!- dice él
¿Qué pasa, qué pasa?-se sorprende Melanie- y yo ignoro sus palabras con aliento a esperma de Alessandro.
La sirena  chirriante empieza a sonar, y otro carro de la poli se suma a la persecución. Entonces ya todos sabemos que no nos vamos a salvar fácilmente de esta; nos asustamos y yo manejo tratando de esconder el miedo. A mis costados las casas pasan jaladas hacia atrás por las manos esplendidas de la velocidad, evidentemente poderosas. Mística es muy atinada de no hablar, de ni siquiera mirarme por que podría desconcentrarme. Esa es una de las razones para amarla; es muy oportuna,  es como si supiera el desenlace final de las situaciones por las que pasamos, por eso no quiere pronunciar ni una palabra; no le gusta mentir, sabe bien que probablemente no lleguemos a cruzar la frontera.  No me alienta, no me da consejos estúpidos, intuye bien lo que estoy pensando, tenemos los mismos miedos por eso no quiere distraerme. 
Iba poseído por el demonio de la velocidad y la aceleración. Corría a todo pique en el carrito de Alessandro (quien se levanto con mucha facilidad a Melanie). A unos metros de llegar a  la carretera que nos mandaría defrente a la frontera; un carro  de los melchorianos se cruza por delante. No supe que hacer, si frenaba de todos modos de nada serviría. Tal vez el instinto (cosa que no existe en el hombre, lo han confirmado los estudios etológicos; no es mi culpa) de buen chofer como lo es mi abuelo me salvó; giré de una manera inesperada para esquivar al veterano pelafustán que se me cruzó. Unos alaridos molestosos soltaron mis compañeros de carro, en lo que me enfurecí-¡cállense carajo!-grité severamente. Corrí algunos metros más, me detuve, cogí mi mochila y me despedí sin engolfarme tontamente. Los carros de los policías se habían estrellado, pero uno de ellos logró evadir el choque y seguía empecinado en atraparnos. Pero comprendí que si me quedaba ellos se iban a entretener conmigo.
Deben seguir- les dije- ya falta poco, tengo un plan y los alcanzaré luego- miro a Mística y aun sigo teniendo ese mismo problema de no poder decirle nada cuando estoy frente a ella, a pesar de que no se que pasara luego y que probablemente no la vuelva a ver jamás, mi obstinado problema de ser un tipo de pocas palabras (a pesar de mi afición a la lectura y la escritura) no se ha esfumado.  La  situación me  exige reluctantemente que le diga lo que siento.  Ya conozco la respuesta que me podría dar, una vez ella dijo que el que no se atreve fracasa, de todos modos fracasaría si se lo digo.
Mis ojos le expresaron todo lo que tenia que expresar ya que las palabras no servirían de nada.
-Váyanse de una vez los veré en Brasil, ¿okey?
-¿estas seguro de lo que haces?- dice Gabriela-claro que sí, es parte del plan, ustedes tranquilos. De todas maneras los volveré a ver – respondo con seguridad. Pero ninguno de nosotros creíamos eso.
Acaricio la mano de mística, y le doy un abrazo, el último que prometí dar a alguien.  Besé su mejilla. Ella imperturbable, era cómplice del silencio. Pronto grité-¡lárguense ya!-  y siguieron su camino a una velocidad descomunal.
 La camioneta empecinada que venía atrás, se detiene, y baja un viejo alto, corpulento, con la cara roja me mira y dice: “así que tu eres el rebelde”, dime donde esta el resto.
-no hay nadie más, el que manejaba el carro era un idiota que obligué a conducir-le dije con voz firme
Luego baja otro tipo que  intenta intimidarme y joderme la paciencia.
-¡no te creo ni un carajo!, pero me da igual-se acerca me arresta y me da un golpe en el estomago, que me deja sin aire, no puedo articular palabra, los miro, les sonrió y hago una señal de “estoy jodido me capturaron malolientes escorias”, ellos me golpean aun más y luego me suben a su carro que apesta a orines.

Cuarta parte: final

Otra carta me llegó hoy a prisión. Un amigo, Matías me la leyó, decía  que ellos lograron llegar a salvo a Brasil, menos  Gabriela que fue herida de bala esta muy grave y apunto de morir. Pero que en Brasil también han empezado las manifestaciones melchorianas, ahora no saben donde ir, piensan escapar en un barco hacia las viejas Europas heladas.
Yo por mi parte ya no les contesto las cartas, lo hacía cuando tenía los dedos de la mano derecha.
La única buena noticia es que, un amigo el que me lee las cartas, es decir, Matías, quien me regaló un arma antes de ser capturado y que  paradójicamente es prisionero de la cárcel  que el mismo ayudó a diseñar. Me ha hablado acerca de que quiere huir de este pestilente círculo infernal lleno de maricas pacifistas. Nadie más que él (que participo en el diseño)  podría conocer la forma de escapar. Y ahora que voy con él por unos túneles caminando al costado de un charco de agua; me dirijo hacia la selva  y ya puedo escuchar el sonido de la lluvia y los truenos que emite nuestro firmamento que seguramente esta molesto con los malvados melchores. Pronto saldré de este túnel y cruzaré la selva densa para poder ver a mi adorada Mística. ¡Ojalá pueda atravesar la selva fronteriza! Y llegue a tiempo, antes que ellos partan de Brasil y crucen el maldito atlántico.


                                                                                                           Agradezco a Roberth Arias, derivador de   la sociedad  de los “melchores”
(Contexto en el cual se da el relato), por su colaboración.
La idea fue prestada con el debido consentimiento.