lunes, 1 de noviembre de 2010

Cuentos cortos - Cuento 2

Cuentos cortos
El beso
Por Roberth Arias


Le habían quedado tan brillantes; que ya parecía no tenerlos, parecían perdidos en su reluciente transparencia. Este fue el resultado de consumir un frasco de pasta dental y tres cepillos de diente descartables, el proceso empezó a las siete de la mañana y culminó a las siete de la noche del día en que le insinuaron tener algún tipo de derecho sobre la boca de una ex amiga. Ese mismo día quedó en verse con ella. 
Animoso, intrigado y con el friolento frenillo en el pecho que le propinaban sus nervios; salió de su casa mezquinando el tiempo, para que sus cristalizados dientes no se vean muy expuestos al color de su opaca ciudad. Ella lo esperaba natural y sin ningún cambio notorio, que se hubiese podido motivar por el evento que se avecinaba.
Con los ojos persistentemente esquivos y el sudor de sus manos frustrado por el enérgico viento, la saludó con una sonrisa que sufría en formarse. Ella con mucha suavidad lo tomó por el cuello intentando acercarlo, como quién dice “vayamos directo al grano”. Antes de que juntaran sus bocas, él decidió meterse el aliento de su pareja por la nariz; y luego, se le vino a la cabeza un número.

Se masajearon los labios y la lengua durante diez minutos.

Ni bien escuchó un sonidillo proveniente de su bolsillo, él liberó su boca y detuvo el beso. Luego, volvió a secuestrar el aliento de ella y a guardarlo en su nariz; posteriormente e igual que antes del beso, otro número se le vino a la cabeza. Al comparar los números, se echó a reír. Cuando ella le preguntó intrigada el porqué de esa desconcertante risa, él solo dijo: “Nunca más te acerques a mí”.

A partir de ese día, cada vez que deseaba estimular sus labios o lengua, se bastaba con los suyos, consideraba que era imposible encontrar mejor manera de satisfacer tal necesidad, creía que así gozaba del más exquisito y sublime placer. Cuando su madre lo sorprendió acariciándose los labios con su propia lengua y erotizándose con su propio aliento; ella, estupefacta, preguntó por qué lo hacía; y este dijo: “Es simple, madre. Lo hago porque diez es mayor que seis”. 

La posibilidad eterna de las posibilidades - Cuento 1

La posibilidad eterna de las posibilidades
Lo que se debía hacer
Por Roberth Arias

Caminaba sigilosa y plácidamente en aquel cuartito resonante, limitándose a embriagarse con el chillido de lo que fuertemente arrastraba con una de sus manos. Casi al final de su camino, se le presentó un banquito muy bien acolchonado, que por alguna de sus extrañas razones, le hacía sudar. La figura miserable y desproporcionada de un sujeto llamó su atención; aquella figura era la de un hombre muy deprimente, tanto era así que puso un gesto de tristeza que por poco no le destrozó el rostro en pedacitos. Mientras ponía la mirada fija en los zapatos de aquel hombre, su cuerpo se sentó sin pedir permiso alguno; el decrépito hombre, que veía a su costado, hizo lo mismo. Ambos retorcieron y traquetearon sus cuellos para mirarse el uno al otro, y emprender, no sé si un prolongado y volátil llanto o una conversa.
¾Así que aquí estamos de nuevo ¾dijo mirando a aquel hombre.
¾Aquí estamos de nuevo ¾logró escuchar y lo tomo como un “así es”.
¾Aún sigo sin saber por qué de nuevo ¾dijo consternado.
Luego le miró el rostro al hombre y solo encontró, como respuesta, la misma duda en su gesto.
¾Suponía que un encuentro más era innecesario, pues ya todo estaba dicho ¾dijo enfatizando más la última parte.
¾¿Ya todo estaba dicho? ¾Logró escuchar.
¾Claro, ¿acaso no lo crees así? ¾Preguntó acercándose más hacia aquel hombre, y mientras un poco de esperanza se le introducía como inyección en las venas.
¾¿Por qué no lo crees así? ¾Preguntó teniendo la parte baja de la cara ruborizada.
¾¿Qué? ¿Solo sabes mirarme? Responde, dime algo conciso al menos por esta vez ¾gritó tristemente.
Solo un instante después, friccionó fuertemente las partes laterales de su cabeza con sus dos puños, como intentando escavar para buscar su tristeza. Luego, y sin dejar de escavar, miró fijamente la figura del hombre y escuchó:
“¡Jah! Como si fuese fácil decir una sola palabra. Es imposible saber que todo está dicho. Es mejor sentarse y cerrar los ojos, esperar… sí… esperar... siempre fue ese el camino, no lo niegues ahora”.
Embriagado de ira, se propinó una enérgica bofetada. Cada palabra que había escuchado le exprimía el estomago, le causaba una asquerosidad que la sentía en el buche seguida de un mareo que lo hacía más iracundo. Tuvo que pararse para no arrojar.
¾Tú, tú no hablas, tú vomitas… Todos tenían razón, ya todo estaba dicho, y al sentarme aquí solo lo he confirmado… ¿Por qué me miras así ahora?... ¿Por qué produces tanta pena?... Esa pena… esa pena es aborrecible… ¾gritó, como si la lengua se le ahogara en la saliva y mirando fieramente la figura de aquel hombre.
Con una sola mano, cogió el banquito y lo lanzó furibundo sobre la figura de aquel hombre. Miles de partículas cristalinas brotaron luego del golpe, y la figura de aquel hombre se diluía mientras más se separaban las partículas. Así, el espejo que seguramente más odio ha reflejado, quedó hecho trizas dentro de aquel cuartito acústico. Segundos después; cogió con sus dos manos, lo que en un inicio arrastraba y hacía chillar (tal vez porque lo quería afilar), para hacer lo que debía hacer antes de ver su figura en aquel espejo ya hecho trizas.   

Cuentos Cortos - Cuento 1

Cuentos cortos
Agua en vez de ella
Por Roberth Arias

Cálida era el agua, sudorosa e inquieta. Solo estábamos el sonido de una tranquila e insoportable tarde de domingo, la bulla impredecible de los pájaros, ella y yo. Estaba bajo un arbusto soportando la humedad de la tierra y atento a la aparición de algún bichejo; ella no me veía, nunca lo haría aún si supiera dónde estoy.
A solo medio paso de ceder su cuerpo a esa endemoniada agua, alzaba los brazos como ofreciéndose a algo mejor, como esperando ser cogida antes de acogerse, aunque yo sé que nunca se lanzaría sobre esa agua. El agua celosa y hambrienta de ella, se puso quieta e invocó más luz; al rato, su seductor color fue destronado; ahora solo era un retrato de fondo blanco; se convirtió en un enorme ojo que solo sabía de ella.
Sí, Ahí estaba ella, ella y todas sus exóticas e iluminadoras formas; ella y toda la poesía que me había enviado a la cabeza; pero no se podía negar que no era ella. ¡No!, no era ella. Estaba sola en ese mundo blanco que el agua, en su deseo por ella, había creado; todos la habían abandonado, todos fueron asesinados por el blanco de esas aguas.
Ella pudo verse retratada y sospecho que así se sentía más bella. Atraída por aquél atento ojo que asemejaba la superficie del agua, bajó los brazos y sonrió sacando los labios como para dar un beso. 
Yo no dudé. Mientras atacaba a un enorme bicho con mis pies desnudos, violenté el arbusto que me cubría. Todo eso hice para salir corriendo en busca de esas aguas capaces de dejarla sola… sola en un inofensivo fondo blanco. Sin tomar respiración alguna, me arrojé sobre la imagen huérfana de ella; en el interior del agua me sentí solo, ya no podía ver su reflejo; no tenía fuerzas para salir y esperé el fondo para tomar impulso. El viaje de subida hacía la superficie fue placentero, a pesar de no poder respirar; fue delicioso, porque no dejaba de pensar en el retrato que el agua generosamente me había regalado.
Al sacar mi cabeza al aire, gocé como nunca volver a respirar; fueron unos preciados segundos, por los que hice esta locura. Al intentar buscarla ya no estaba parada cerca del agua, sino caminaba lentamente y cruzando las piernas. La vi alejándose y de espaldas. Otra vez había olvidado su ropa, tal vez vuelva.      

Historias Libres - Cuento 1

¿Mudo?
Por Roberth Arias

Si la guitarra reemplazara a nuestras bocas, nuestra condición de seres civilizados dependería de ella. Pero ¿bastaría con tener guitarras para entendernos? Creo que no, hace falta también tener un código y aprender a usarlo con la boca (que en este caso sería la guitarra). No soy analfabeto, pero lo soy a la vez; analfabeto musical, para ser más claro y no enredarlos como he visto que hacen algunos filósofos diciendo: es, pero no lo es. No fue hace mucho que me presentaron a la guitarra, recuerdo que la recibí con mucho entusiasmo: como un joven príncipe a su corona de rey. De rey, porque creía haber encontrado en ella alguna distinción, algo que con su crujiente vibración de cuerdas me alejaría y elevaría de los demás. En realidad, pensé que al conocerla, satisfaría muchas de mis necesidades: tener un refugio, un medio de desfogue, un arma con la que aplastaría a todos para bailar sobre sus almas, una amiga, una amante… Ahora, todas mis expectativas tomaron a mis desgracias como morada: la guitarra es quien baila sobre mí.
“¡Maldita víbora! ¡Maldita seas por aprisionarme… por absorberme y aprovecharte de mi débil ego… como si fuese tu instrumento, cuando eres tú, quien debería serlo! ¿Por qué? ¿Por qué no sueltas mis dedos? O ¿Por qué al menos, no hacemos música juntos? ¿Acaso mis ideas son malas? Es cierto pensamos diferente y, por lo tanto, nuestras artes son como los sueños y la tierra; pero eso es, porque mi música es, sin duda alguna, superior a la tuya. Tal vez intentas igualarme, aunque casi nunca lo haces; pero lo tuyo es falso; no tiene suelo; vuela errante en cualquier lugar, menos en este; y por eso es inferior… Está bien, está bien, olvida lo que te dije, me arrepiento y prometo no repetirlo. Pero ¡por favor! Haz que mi música se deslice y ría entre tus cuerdas, conviértete en el cañón de mis ideas, de mis preguntas, de mis afirmaciones, de mis miedos, de mí… Sí, lo entiendo, entre tú y yo no hay código capaz de acercarnos”.
Bueno, será mejor que deje de hablar con este pedazo de madera, que lo único que hizo fue reducir árboles. Es mejor que vibre con quienes han sido capaces de dominar sus instrumentos y, por ende, un lenguaje propio. Mozart, por ejemplo, se dice que fue capaz de componer sin hacer un solo borrón; la verdad es que yo sí lo creo. Su música es versátil, libre, es como la existencia misma: capaz de variar el sentido de lo que estaba haciendo, con solo cambiar una nota; y de renacer, abandonando una frase por otra; todo eso en una sola canción. Él no hace música haciendo su vida a un lado, sino sigue con ella mientras compone; como cuando nos echamos viendo al techo y nos ponemos a pensar el día que tuvimos y lo que haremos; cuando lo hacemos, nunca desaparecemos las ideas, porque es imposible, sino les cambiamos de sentido o las abandonamos; por eso, creo que Mozart nunca hizo borrones. Tal vez digan que se limitaba con la armonía. Imposible. Porque él usaba a la armonía. Benny Carter, es otro ejemplo; usaba al saxo para perseguir algo desesperadamente, tal y como lo dijo Cortázar en uno de sus cuentos. Carter no se limitaba a las frases sensuales, llenas de convencionalismos y a veces de clichés; él sonaba como un experimento, porque buscaba la realidad virgen: sin interpretaciones dadas.
El teléfono acaba de sonar y debo interrumpir la velada con mis maestros, pero qué más da si el ring ring del teléfono ya lo hizo.
¾¿Sí? ¾He contestado impaciente y amargado.
¾Habla pues brother ¿cómo estás? ¾Ha respondido el impertinente acompañado de un bullicio con sabor a estrés.
¾¿Quién eres?
¾Puta qué pendejo eres para no darte cuenta ah… soy yo pues huevas ¾ha dicho el extraño todo ensalzado y casi gritando.
Imbécil, será mejor que le cuelgue.
¾Oe soy Pablo ¾he logrado escuchar mientras colgaba.
¡O valla!, pero si es mi buen amigo Pablo, seguramente quiere ir a tocar con los muchachos del grupo; él es un loco banda, hace de todo para que la banda sobreviva y planee su vida en torno a esta. Pero yo estoy asqueado de tocar, no porque no quiera, sino porque me es imposible. Ir con ellos sería como engañarlos con mi presencia, porque lo que escucharían no vendría de mí, sino del capricho de esa maldita…
¾Oe tío ¿estás ahí? ¾Ha gritado Pablo.
¾Sí, sí estoy aquí ¾he respondido apresuradamente¾. Disculpa por no reconocerte ¿qué tal?
¾No, no te preocupes man ¾ha dicho Pablo, con la empatía de siempre¾. Más bien este… he inscrito a la banda en una tocada que hará homenaje a Woodstock, y empezará en… una hora. Vente para Barranco, pues brother, donde siempre, aquí estamos con el resto del grupo.
Lo sabía, siempre hace eso: involucrar al grupo a su antojo. Pero lo hace en buena onda, aunque peca al creer que la buena onda va a ser percibida igualmente por todos; en fin son discusiones que no van al caso. ¿Qué puedo hacer, si vivo en una sociedad llena de convencionalismos y tan predecible?
¾Jaja. Igual de emprendedor como siempre ¿no Pablo? ¾He respondido como alagándolo¾. Está bien, voy enseguida, aunque ya sabes lo que pienso acerca de tocar.
¾Nada brother, son idioteces tuyas nada más.
¾Bueno, ahí nos vemos entonces. Chau.
Pablo llama idiotez a mi frustración, porque seguramente no ha entendido nada de lo que intenté explicarle la otra vez. No me sorprendería.
He alistado mis cosas: ropa, púas y a esa… Ahora estoy en el Bus y a punto de llegar a Barranco. He tenido que soportar media hora de ese suicidante espectro musical que pasaban en la radio del Bus; la música del momento, se hace llamar. Más bien es la música del suicidio, porque trata de encerrarnos en una pestilente jaula (que por cierto se parece mucho a una iglesia) para loar toda la retórica sobre la que se basan nuestras vidas; entonces, en vez de inducirnos a la nihilización o negación para la búsqueda del ser, termina conduciéndonos a la muerte en vida, al suicidio. Debo admitir que ningún género, ni siquiera el rock o el blues o el jazz, se salva de tener representantes suicidantes. Tal vez muchos se sientan dolidos con mis comentarios; sobre todo los roqueros, los jazzman, los bluseros, los punk’s o los metaleros; pues ellos (no todos) creen que su música es, en sí, superior, incluso la tildan de pura y auténtica. Cuán ilusos pueden llegar a ser estos individuos. Creo que bastante; hace dos días escuché decir a un tipejo de negro que sentía lástima por la degeneración musical causada por los temas de moda. ¡Imbécil! Sin duda alguna; no se da cuenta que lo único nuevo o diferente es algo tan trivial como el tema, como la diferencia que hay entre un vestido a rayas y otro de color entero; al final tanto la música de moda como la de este bicho negro se paran sobre un mismo fundamento: la gran estructura colosal que limita a todos; sobre las mismas categorías, por eso tienen esa seguridad en sus frases. La diferencia entre estos géneros es la misma que hay entre alguien llorando y otro riendo: solo la superficie; porque ambos se basan en lo mismo para llorar o para reír. Cuando uno coge una guitarra o cualquier instrumento, no está cogiendo solo una guitarra, sino también toda la historia artística que guarda esta; lo que se debe hacer es olvidar esa historia, porque sino terminas cautivándote inconscientemente y luego te creerás guitarrista, solo por usar lo conocido, lo fácil…        
Puedo ver al resto del grupo por la ventana, están impacientes y nerviosos; yo no me siento así y ya saben el porqué. Acabo de bajar del Bus y estoy saludando y elogiando el porte de los muchachos. ¡Han venido bien cambiaditos! Sus rostros entusiasmados, el mismo que ponen antes de cada tocada, me hacen creer que esta vez seré libre, que a través de las notas, podré decir mi primera palabra.
¾¿Cuánto tiempo falta para que toquemos? ¾He preguntado, más animado que cuando salí de mi casa.
¾Falta una hora ¾ha respondido Pablo, como un sabelotodo a su profesor¾, pero tenemos que estar en el local en quince minutos, para acomodarnos y recibir las pautas para la tocada.
Que empeñoso es Pablo, cuando se trata de la banda. No tendremos el honor de tocar en la hora central, ni de hacer una pequeña prueba de sonido; y él quiere llegar en quince minutos, tal y como lo manda el anuncio que tiene en sus manos.
Durante el camino hacia el local, Pablo me ha explicado que tocaremos durante diez minutos, y me ha dado a escoger entre dos opciones: tocar dos canciones o tocar una sola que de espacio para un largo instrumental. Él se pasó convenciéndome por la segunda opción, al final su entusiasmo y la del resto de los muchachos, me han persuadido por la opción que resalta lo instrumental. Es obvio, ellos quieren que brille en nuestra presentación.
Los organizadores de la tocada están terminando de darnos las pautas, indicándonos que tocaremos en veinte minutos.
¾Oe, hay que ir planeando el instrumental ¾me ha dicho Pablo¾. Empezaremos con la introducción, luego seguiremos con el verso y el coro y…
¾Después, tú empezarás a improvisar ¾le he interrumpido a Pablo¾. Luego improvisaré yo, después Richard con los teclados, y por último, improvisaremos los tres, cada uno cuatro cuartos, respondiéndonos él uno al otro… como un intercambio de palabras, como un ferviente debate, pero un debate por pasión y no por ambición.
¾Carajo brother ¾ha dicho Pablo excitado¾, buena idea ah… más bien hay que ir probando las “impros”, como quien calienta. Empiezo yo ¿no?
¾Sí, tú.
¾Na nará nará na na na… ¾ha empezado a naranear Pablo, mientras nosotros marcamos el ritmo con las manos, el cuerpo y los pies.
¾Tatá tará tará taaaa taratata tooo… ¾he empezado a tararear.
¾Titiritititiri tiriti tiriti ti ti ti… ¾siguió Richard, tecleando al aire.
Hemos estado intercambiando música por un buen rato, hasta que un organizador nos pasó la voz para entrar al escenario. Los naraneos y los tarareos fueron geniales, he dicho casi lo que se me antojó. Creo que ganaré el debate. 
Hemos entrado al escenario casi por la fuerza de los alaridos del público, que para nosotros se asemeja al cuerpo desnudo de una mujer: listo para devorárnosla entre todos. Pablo ha iniciado el riff introductorio, en un rato iniciaremos todos. Me han dado un amplificador Marshall y creo que, el que reguló los volúmenes, solo nació con cuatro sentidos; he decidido bajar el volumen desde mi Stratocaster (guitara). El riff de Pablo no es cerrado ni denso como la arena, no tiene la intensión de secuestrar mi música, más bien está como invocándome para tomarlo, para enloquecer a costa de él. Su riff es como una hoja en blanco, como el aire, y siento que puedo volar en él… pareciera que el sonido no entra en mis oídos, sino que sale; y sale a la vez que calienta mi cuerpo… oh, Cuánto poder recorre por mi pecho, por mis pies y por mi rostro ¡Soy invencible! ¡Cuántas ideas, se cruzan en mi cabeza! ¡Están vírgenes y solas… luchando por mí con lo más atractivo de ellas! ¡Ilusas! Nunca las tomaría a cada una, sino a todas a la vez.
Debo presentarme ante el riff de Pablo, al igual que todos. Estaré blando y desapercibido, por unos instantes. Mi compañera… ¡no!, mi subordinada guitarra, aún está fría e insegura; es comprensible porque seguramente ha comprendido su inferioridad al ver lo poderoso que soy ahora.
Pablo acaba de iniciar su solo y yo debo hacerme a un lado, no solo por respeto, sino también para observar con quien debatiré en unos minutos. Dos minutos del demonio de Pablo. Es inútil describirlo, sería como hablar de algo que no existe. Es así; y por más que intentemos ponernos de acuerdo, lo cual es poco probable en un debate, nunca miraríamos nuestras ideas, y menos las compararíamos; solo usaríamos los vacíos que el otro dejó para tomarlos por sorpresa, y así asesinar al otro vilmente. Así son todos los debates, sin importar del tipo que sean. Tal vez sea por eso que, cuando improvisamos, siempre cerramos los ojos.
Me acaban de dar la señal. Ha llegado mi conquista. Empezaré consolidándome en el campo de batalla, aunque creo que antes resaltaré la nota dominante del riff que tocó Pablo, a modo de agradecimiento… ¡Oh mierda!… de pronto un sonido fino, pero agudo nos ha dejado sordos a todos: ha sido el armónico de “sol”. Ahora un alarido de notas, en todas las octavas posibles, nos atacan como una veloz lluvia; vistas las notas en conjunto, no tienen el efecto tranquilo y equilibrado de una escala; sino causan intriga y una sensación de estar haciendo lo prohibido: es endemoniado. Puedo ver a una chica del público asustarse al ver mis dedos; está como si hubiese visto, al rostro del más impensable de sus miedos, burlarse de ella mientras corre como un fórmula uno por todo el mástil. Esta frase está a punto de dividir mi cuerpo en dos.
La lluvia ha cambiado, ahora las gotas salen de mí, como miles de agujas rajando mi piel; cada vez son más delgadas y puntiagudas, y aún siguen siendo endemoniadas. Ahora estoy moviendo mi cabeza sin ninguna dirección; mis cabellos quieren tomar vida, como si estuviesen sujetados a un ventilador. Estoy recorriendo errante todo el escenario mientras tambaleo mi cuerpo, pues las agujas son cada vez más escandalosas y erizantes. He empujado a varios de la banda y a los amplificadores sin darme cuenta; presiento que les he hecho daño, porque cada vez me siento más como un gran cactus.
Mi pecho está siendo víctima de golpes mudos, pero fuertes y energizantes; lo puedo sentir por los continuos saltos que doy con los pies y las rodillas. El público hace lo mismo. La melodía sigue siendo rara y afrodisíaca, lo sé por las almas que están más cerca de mí que de sus dueños; es un movimiento continuo y sorpresivo el que da por mi cabeza, y seguramente por la de todos: de bajos a altos, de altos a bajos, de altos a muy altos, de muy altos a muy bajos… Alguien acaba de ponerme hielos por la entrepierna y me he puesto muy sensible, pero aún así, parezco ser puro instinto animal… he arrancado la cuerda más grave de mi guitarra, y estoy acariciando los rostros del público y del grupo con ella, mientras la música estaba pisando el freno para mostrarse comprensiva.
He empezado a soltar melodías melancólicas y funestas, aunque cada vez las oigo menos. Es raro, pues a pesar de subir el volumen desde mi guitarra, las oigo cada vez menos. También he notado que estas melodías hacen complicidad con otras que salen por ahí, pero ¿Qué es ese sonido que invade mi reino?... Es un sonido medio espacial… ¡claro! Son los teclados de Richard… Acabo de esconder mi mirada, cuando estuve a punto de cruzarla con la de Richard. No me he atrevido a verle, luego de mi falta de respeto. Pero ¿Por qué invadí su espacio? Y ¿Por qué lo sigo invadiendo?... El debate guitarrístico acaba de dar inicio, aunque ahora todos invadimos nuestros espacios y nadie respeta al otro… he roto otra cuerda y he estado molestando a Pablo, mientras improvisaba; él solo incrementaba su sonrisa y cerraba más los ojos… La canción ha terminado y yo he decidido romper la guitarra en dos para lanzársela al público junto conmigo. Los frustrados con Woodstock solo me han aguantado diez segundos sobre sus cabezas y hombros.
Han pasado unos minutos desde que acabó; y unos sujetos hambrientos de algo han estado invitándonos cigarrillos y whiskys, mientras trataban de convencer a Pablo de algo. Pablo se ha mostrado muy coqueto.
¾¡Hermano! Has hecho lo que has querido con tu pobre guitarra ¾me ha dicho Pablo golpeándome el hombro.
¾La verdad es la misma de siempre, Pablo: no he sido yo ¾he respondido temblando¾. Pablo, ahora no solo son mis dedos, sino todo… ¡Todo!...