miércoles, 28 de diciembre de 2011

Diario encontrado

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Agosto del 2011

Hoy la he vuelto a ver y, fastidiosamente, esa misma sonrisa me ha vuelto a dopar y extasiar. Fue por ello que comprendí que hay ciertas manchas de imperfección imposibles de borrar; manchas que, como las del vino, son eventuales y causadas por espontáneas lubricaciones del alma. Entendí, también, que, después de desear con perseverante idiotismo el cuerpo y gracia de mi desentendida prima por más de seis años, era momento de organizar algún sacrilegio con este tonélico secreto y amarla - o más sinceramente - gozarla sin discreción, sin barro en el rostro. Por lo mismo, he ideado un plan infalible mientras sufría náuseas de emoción. Empezaré mañana y calculo que a fin de mes este deseo no pudoroso pero si vergonzoso para el orgullo vivirá su propio orgasmo.

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Luego de diez horas de trámites y una de plegarias a las billeteras de mis sacrificados padres, finalmente, he conseguido salir del país con la excusa de que la visión poco liberalista de los docentes peruanos entorpecería mi camino hacia el ministerio de banca. Con todo el dinero conseguido podría estudiar tres años en alguna universidad suntuosa y de nobles prestigios, comprar un auto cada año, disfrutar de orgías emocionales todos los fines de semana, y, vivir no en un cuartucho cerca al campus sino en un departamento de soltero con retardos mentales al gastar. He escogido a USA como destino para el avión al que mañana embarcaré entre llantos y disimulos de mis padres.

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Como era de esperarse, la muy desconsiderada - pero apetecible y tierna - de mi prima no ha venido a despedirme al aeropuerto. Qué más da, si pronto veré sus grandes y achinaditos ojos mojar mis zapatos hasta cuando vaya al baño sin ella. Mientras subía al avión, volví a reunirme con el comandante; esta vez para entregarle la primera mitad de la paga acordada. Cinco horas después de abandonar mi pubertesco país, entré al baño del avión y una aeromoza, que parecía la hija del sol, me dirigió hacia un ambiente bien escondido, desde el cual podìa ver las caras malhumoradas de los pasajeros al enterarse que debíamos hacer una parada de emergencia, en Nueva York (el cual no era mi supuesto destino), pues un pasajero, yo, estaba sufriendo ataques al corazón. Al bajar en Nueva York, me volvì a encontrar con el comandante para darle la segunda mitad de lo acordado.

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Han pasado dos horas desde que volví a ser capaz, según los médicos, de retomar mi vuelo. Decidí alquilar un coche y manejar yo mismo hasta el aeropuerto. En el camino, recogí a Orlando, un artista para la recreación y alteración de escenarios de crímenes; y, luego de pagarle, darle algo de mi sangre y esperar una hora, llamé a la policía para denunciar un accidente de tráfico que culminó en una explosión. Inmediatamente, vacié la cuenta donde tenía mi dinero y lo puse todo en otra. A mis padres ni les interesaría revisar esa cuenta o atender sus anomalías después de enterarse que el cuerpo de su hijo fue destruido por completo en un accidente de coche. ¿Le preocupará en algo mi muerte a mi luminosa prima?

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Al día siguiente y ya habiendo eliminado esa proterva identidad mía que me hacía sombra y me castraba cada vez que intentaba abordarla, me dirigí a la mejor clínica plástica de los Estado Unidos, que se hallaba en Nueva York y que me cambiaría la identidad por completo, fulminado así ese abolengo maldito que hurtaba mi felicidad. Sin duda alguna, pagando este dineral, por fin seré de su agrado. Todos estos años, no pude cambiar su mirada de brillos lastimosos por una ávida. Los míos, en cambio, se destruían de lujuria observando los pormenores de ese abismal cuerpo por el que recorría un poco de mi sangre, sellándola - para inspirar un espeluznante deseo - como prohibida.

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Con mi nuevo cuerpo y habiéndome capacitado - para asegurarme, ya que nunca encontraría dinero para repetir la hazaña - con unos psicólogos expertos en el arte de Casanova, volví a mi aún pubertesco país para continuar mi designio. Me inscribí fácilmente en la misma universidad donde ella estudia; también, hice lo posible por coincidir en la mayoría de las clases. No perdí el tiempo y me gané una sonrisa suya -dotada de interés carnal y emocional- el primer día de clases. Le entablé una conversación llena de trivialidades universitarias con el solo fin de mostrarle mis nuevos encantadores -y ahora sí eficaces- gestos y reacciones.

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Hoy ha terminado la primera semana de clases y he logrado que ella accediera ir al cine conmigo. El chasquido que, sentí en su cuerpo al ceder sin reparos a mi invitación, me ha hecho sentir como si, después de haber estado encerrado en una caja por años, por fin pudiera aletear y saltar a mis anchas.

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La recogí muy temprano para ir al cine. Me excusé diciéndole que me apetecía ir a comer algo antes del cine. Fuimos a un sushi bar cargado de estereotipados adornos y sensaciones que lo hacían pensar a uno como si hubiera colonizado Japón. Hablamos sobre sus planes y los míos; ambos encajábamos, pues yo quería ser guionista y ella directora de cine. En cada momento, ella mostraba su vigorosa ambición a la que yo fortalecía con comentarios alentadores. Además de todo, tomé el rol de payaso, pues sabía que a ella le encantaba reír. Al salir del sushi bar, en lugar del cine, caminamos toda una avenida adornada de edificios grotescamente iluminados. Cuando vi que el acabar de la avenida me dijo "¿a qué esperas?", la cogí de su tersa cintura introduciendo mi mano al interior de su polo, contemplé aquel hipnótico lunar que tiene cerca a la boca por unos segundos, y, luego de apretarla y hacerle sentir mi gran deseo fálico por ella, la besé brusca y acaparadoramente por varios minutos. Sus labios daban la sensación de estar lactando vida. Cuando terminamos, observé que sonreía atontadamente. Fui rendidamente feliz.

 Septiembre 2011
Hoy la he vuelto a ver y, fastidiosamente, esa misma sonrisa me ha vuelto a dopar y extasiar. Fue por ello que comprendí que hay ciertas manchas de imperfección imposibles de borrar; manchas que, como las del vino, son eventuales y causadas por espontáneas lubricaciones del alma. Entendí, también, que, después de desear con perseverante idiotismo el cuerpo y gracia de mi desentendida prima por más de seis años, era momento de organizar algún sacrilegio con este tonélico secreto y amarla - o más sinceramente - gozarla sin discreción, sin barro en el rostro. Por lo mismo, he ideado un plan infalible mientras sufría náuseas de emoción. Empezaré mañana y calculo que a fin de mes este deseo no pudoroso pero si vergonzoso para el orgullo vivirá su propio orgasmo.

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Ya conozco su rutina y creo que debería…

[…]

                                                  “ No hacer algo realidad no nos priva de soñar… una y otra vez, hasta satisfacer el alma”

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