miércoles, 28 de diciembre de 2011

La efervescencia de la realidad


La efervescencia de la realidad
Por Ztfany F. Gilvonio
El acto del amor es lo más parecido
a un asesinato”
Entré en aquel establecimiento para poder disfrutar por un momento de la inmundicia de los suburbios y salir de la monotonía. No encontré mayor diversión que la visualización de figuras femeninas exageradas en proporciones, pero atractivas para el instinto animal de un simple humano; balanceándose sensualmente tomadas de unas varas bañadas en un barniz plastificado sobre una superficie alta para mejor contemplación.
Me mantuve ingiriendo alcohol y  divagando en retentivas mientras observaba aparentemente  la estrafalaria vestimenta de aquellas mujeres, rasgos, movilidad, entre otras cosas concretas; cuando de pronto, regresé de un universo de ideas a una realidad inverosímil y no pude evitar examinar tan sólo a una mujer […]
Su silueta se definía mejor mientras ella se acercaba y se alejaba del humo artificial. Era aparentemente joven, tenía piel blanca, ojos azules cristalizados, cabello azabache  largo, rasgos delicados y mantenía una gran sensualidad al andar. No pude evitar dejar de lado la razón y conseguí que me invada una pasión sobrenatural que hervía la sangre, transmutaba problemas en simples ideas inertes, socavaba cualquier ética y batía hormonas.
Pasaron sólo unos minutos cuando ella bajó de aquella  plataforma para acercarse a mí, rodeándome sin apartarme la mirada. Su cuerpo escultural no permitía que me concentrara en la noción de lo real y cada vez más me cegara por el deseo. Me sonrió, posó su boca en mi oído para susurrarme algo delicadamente y se alejó con la misma portentosa sonrisa en el rostro.
Regresó a la plataforma y se retiró por la parte trasera del escenario sin mirar atrás con cierto aire de una aparente arrogancia. Salí para esperarla apoyado en algún poste de alumbrado público y rápidamente la visualicé en la oscuridad de la noche.  Traía un corto vestido blanco, de gran escote, tela refinada y destellante. Traté de disfrutar lo más que pude aquella imagen celestial, pero no podía permitir que prosiguiera así pues un intenso frío embargaba a la noche; así que,  le cedí mi prenda superior para poder  caminar unas cuadras sin ningún inconveniente y a ella pareció agradarle el detalle. Me lo agradeció con una amplia sonrisa, con cierto grado de feminidad.
Quise preguntarle muchas cosas pero por alguna razón no lo veía necesario y de esa forma, no cruzamos frase alguna hasta encontrar un espacio ideal para ella. Fue a partir de ese instante, que convertí la monotonía de una vida burgués en una de las más entretenidas formas de conocer la actividad que definiría el resto de mi vida [...]
Ella paró en una esquina carente de iluminación, se dispuso a ver el cielo, giró la cabeza de lado y cruzó la puerta principal de una clase de hospital sin problema, se volvió a mí con  una sonrisa casi fingida dibujada en sus mejillas, se aferró a mi mano y avanzó deliberadamente por el alumbrado pasillo.
Conforme sentía su mano, se hacía cada vez más fría y  mi corazón palpitaba fuertemente, mas no supe en aquel momento si la razón era por un grado de miedo o por el contrario, de pasión. Las razones eran inconexas pero mi mente estuvo lo suficientemente ofuscada como para estar seguro ahora de  lo poco que razoné sobre los hechos que continuarían.
Me mostró una puerta blanca al final del largo pasillo, se paralizó, volteó su rostro, se ubicó al frente mío, me miró inmutablemente, me cautivó con sus claros ojos, se fue aproximándose cerrando los ojos con ternura, nuestros labios rozaron e instantáneamente una gota fría pasó por mi espalda, conseguí desprenderme de ella y cuando abrí los ojos, el pasillo se había despejado… ella no estaba […]
Miré a los lados, corrí hacia la puerta, observé la desierta calle y  regresé para asegurarme, esta vez los intensos latidos que sentía eran por terror, un intenso terror.

Traté de agudizar mis sentidos, me fijé en las diferentes puertas que se me aproximaban y sólo había camillas vacías y descuidadas, corrí hacia la puerta blanca que me había sido indicada y  la abrí torpemente por tratar de hacerlo rápido y  observar el interior.
Entré y lo primero que visualicé fue la camilla, sólo di unos cuantos pasos cuando sentí un frío aire en mis labios, me moví rápidamente a los lados para notar por dónde procedía aquel hálito, pero no había ventanas abiertas y ningún  aparato encendido.
Inhalé profundo, me fui acercando a la camilla y  con desilusión la acaricié  pues no había nada en ella. Seguí aproximándome y sentí que había logrado pisar sobre una superficie diferente, bajé la mirada y noté una cabellera profundamente negra… era ella […]
Miré al techo por unos minutos, noté que una extraña excitación me embargaba. La cogí de la cabeza y la jalé hasta tener su cintura entre mis manos, la abracé, la balancee con felicidad, acerqué su cuello hacia a mí y aún podía oler el perfume que ella usaba. La besé una y otra vez mas ella no me respondió, estaba igual de fría que cuando me tocó pero algo en ella me gustaba más […]
A partir de ese momento, mis giros instintivos sólo fueron provocados por chicas como ella, cálidas sólo para algunas personas. Mi valor esencial fue traspuesto por una actividad indescriptible. Existía una efervescencia de mi anterior realidad […]

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