miércoles, 28 de diciembre de 2011

Viernes por la noche


Viernes por la noche
Por Ztfany F. Gilvonio
Nací en un lecho humilde con pocas esperanzas de continuar mi ciclo de vida por la gran cantidad de alcohol que ingería mi madre cuando me encontraba en su vientre. Había riesgos de contar con deficiencia mental o psicomotriz. A pesar de ello; al crecer, mis condiciones mentales tendieron a desarrollarse y sobresalir.  
Pasé gran parte de mi infancia en el bar que mis padres administraban, teniendo como únicos compañeros a un par de clientes habituales: un médico jubilado y un viudo con amplia experiencia sexual. Ellos fueron quienes me revelaron a la existencia humana en una visión que ningún padre daría a conocer a una temprana a edad por moralismos convencionales. La costumbre hizo agradable mi  coexistencia con vidas desordenadas, extremistas y excéntricas.
Mi ambiente familiar se debilitaba. Por un lado, se encontraba mi madre de carácter irascible y déspota,  por otro; mi padre, un hombre problemático que timaba para conseguir mercadería que sostuviera el bar.  A pesar de ello, estaba segura de que ni mi propia muerte me turbaría. Había conseguido gran pasividad e indiferencia gracias a las experiencias de mi par de colegas.
Al cumplir los nueve años de edad, mi vida dio un gran giro y mi niñez no convencional, pasó a ser una de las que jamás pretendí poseer. Mis padres vendieron el bar para construir una modesta casa fuera de los suburbios, donde me prometieron, hallaría la auténtica felicidad (¡Cómo erraron!) A partir de ese instante, la relación con mis padres se fue debilitando paulatinamente. Había perdido a un par de los individuos más valiosos que pude haber conocido a lo largo de mi vida […]
Luego de separarme de mis padres, mi vida giró en torno a diligencias tediosas y no muy substanciales. Empecé a vivir de lo que lograba transmitir en escuelas superiores de Arte y Música. Fue el único motivo que tuve y el más importante de todos para quedarme en aquella ciudad, pues había encontrado a la única pasión duradera en mi vida: el arte. Sin embargo, aún así no hallaba esa emoción fugaz llamada “felicidad” o tal vez la había hallado y no era consciente de ello […]
A lo largo de los años, tuve muchos engorros con mis rasgos de personalidad: introvertida, irascible, lacónica, mordaz, etc. Con el tiempo supe controlar cada uno de ellos  hasta llegar a un cierto equilibrio en el cual, mi vida y la del resto sólo tenga tratos mínimos. Luego de experimentar con amores fugaces, comprendí que había vivido en un gran individualismo que me había proporcionado sentimientos simulados y abominables entre el cariño, la atracción y la amistad; las cuales siempre terminaban en una “noche de excesos” que con el pasar de los días poco recordaría.
 Me movilicé alrededor de anfiteatros, cines, auditorios, bares y diferentes establecimientos culturales, tratando inconscientemente de conocer a alguien interesante que de otro tipo de valor a mis días. De esa forma, conocí a Sofía, una aspirante a actriz que compartió un par de cubalibres en una exposición de miksang. Compartimos gustos de pinturas, películas y música underground. Vadeando de tema en tema, llegamos a uno del cual siempre me incomodó comentar: el amor. Fue en ese instante en el que idealicé a Sebastián, un gran amigo de la secundaria, la única persona a  quien valoré en mi adolescencia y con quien perdí mi virginidad. No pude obviar nombrarlo y prontamente me di cuenta de que la expresión de Sofía había cambiado. Se formó un gran silencio y me reconfortaba saber que detrás de su reacción y mis palabras había algo más. Yo todavía apreciaba a Sebastián y era evidente que ella sabía de él tanto o más que yo […]
Luego de aquella oportunidad, la vi un par de veces en un restaurante poco convencional con comida exótica y espectáculos de bandas underground en vivo. Fue por esa época en que me sumergí en una intensa depresión. Consumía férreamente cigarros, pastillas y licores. Mi vida estaba siendo devastada por mí misma. Había ciertos aspectos que cambiar y así se dieron. Todo  tomó su propio sentido, así conseguí a mi “verdadero amor” […]
Viernes por la noche.
Aquella quincena de octubre, recostada en mi nube deforme me dispuse a leer un libro, lo hice en ese momento, sólo para no llenar mi mente de retentivas inútiles que vienen atraídos por la soledad.
No había comido hace más de siete horas y tampoco esperaba hacerlo, lo que necesitaba en ese instante era sólo descansar y recargar algo de energías para seguir inmersa en mi “ominoso universo”. Sin darme cuenta, con el paso de los minutos quedé profundamente dormida y desperté al oír el agudo sonido del  arcaico teléfono que poseía en aquel momento, contesté sin mayor prisa […]
-          ¿Hola?
-          Hola, soy Sofía – me respondieron entre risas– estoy en un evento bastante sugestivo y si es que oyes la música se que te fascinará.
-          No percibo nada más que tu estrepitosa voz – dije aún reponiéndome del sueño perdido.
-          Tal vez te llamé en mal momento pero quería saber si deseabas venir – dijo ella, más calmada esta vez – se que no te arrepentirás, ¿qué dices?
-          Bueno, no hay otra opción con los que temen el monosílabo “no” como respuesta.
-          ¿Eso quiere decir que sí, verdad?
-          No hay otra opción. Dime la dirección del lugar en el que te encuentras.
-          Bueno, el lugar ya lo conoces, es el restaurante al cual te invité la semana pasada.
-          Estaré por allí dentro de media hora, entonces.
-          Me parece bien pero esta vez no me falles –suplicó.

Después de terminar la plática, averigüé la hora (ya habían pasado diez horas desde que probé alimento alguno) y sin mayor premura fui al lugar establecido para comprobar si aquel espectáculo realmente iba a ser de mi agrado, aunque sabía que tal vez el sólo hecho de tratar de disfrutarlo, sería en vano.

Ingresé al baño, me mojé la cara y me examiné: ojos irritados, ojeras profundas, pómulos rojizos, cabellos desordenados. Sonreí por la vanidad inconsciente y ubique a un lado las  Venlafaxinas sobrantes de la noche anterior, no dudé en ingerirlas para no dejar expuesto lo anhedónica que me encontraba en ese momento.


Al caminar hacia la avenida noté que  mi recurso poco o nada había servido, pero no había marcha atrás, debía tomar el bus que me dejaría a unas esquinas de mi destino.

El viaje por las luctuosas calles se redujo considerablemente bajo las nostálgicas melodías de Black Sabbath  pero a pesar de tener mi mente aparentemente despistada, no pude evitar idealizar una dulce práctica de violencia sin apartarme de la realidad, ni de los posibles elementos que podrían ser útiles para realizar la operación;  vinculada estrechamente con el grado de dolor que se podría llegar a conseguir. En esa ocasión tuve como protagonistas a un par de pedantes que destilaban ignorancia al ambiente con simples conversaciones en el bus. Los pormenores probablemente sigan en la parte más engañosa de mi cerebro: mi memoria.

Mi entelequia concluyó cuando al ver por la ventana aprecié que la calle donde debía de haber bajado, estaba ya lejos.  Aproveché que el bus se había detenido por un semáforo para correr en dirección paralela a la avenida donde se encontraba el establecimiento.

Al reconocer mi cansancio, caminé un par de cuadras más; aferrándome a mi pecho como deseando normalizar el latido de mi corazón, y pude lograr ver el gran anuncio irradiado con luces de neón. Al fin, mi destino había sido alcanzado.

Al entrar, busqué con la mirada a Sofía y después de unos minutos la ubiqué acomodada en la mesa izquierda de la primera fila, con la mirada perdida e inmóvil como si no pudiera creer las imágenes que sus ojos le transmitían. A pesar de que me senté a su lado no me dirigió la mirada hasta que, con una sonrisa me pidió que la acompañara al baño, no me negué porque al fin y al cabo era cuestión de sólo dar unos cuantos pasos.
Jamás  supe cuán  importante es para algunas mujeres como ella, sentirse aliviadas con la compañía de alguien en aquel lugar, así que no salí de éste hasta que mi apenas conocida compañera lo hizo.
Pasado unos minutos, ya no escuchábamos sonido alguno, así que ambas salimos del contenedor de aromas para comprobar si el espectáculo había llegado a su fin. Cuando al levantar la mirada, el tiempo avanzó con dilación. Algo en mí estaba a punto de modificarse, y para el resto de mis días.
Al otro lado del pasillo se encontraba el sujeto más atractivo que recordaba haber visto: tenía un aire misterioso, mirada profunda, cabello liso que se prolongaba hasta sus hombros, cejas amplias y de gran expresión, rostro triangular, labios delgados y; tez trigueña y luminosa.
En aquel momento, mi corazón palpitaba con la misma intensidad de las campanadas de una capilla y la rapidez de mediados de segundo. El silencio se hacía más patente y mis pasos parsimoniosos. Él miraba fijamente la entrada, cuando de pronto, el silencio se quebró y gritos de espanto se hicieron sonoros. Volví hacia Sofía y la observé detenidamente perdiéndose en la multitud enardecida.
Al ya no tener compañía alguna ni noción de cuánto tiempo había transcurrido, me desplacé por el pasillo torpemente, mi vista se nublaba poco a poco mientras caía y notaba las grandes luces ardientes a mi alrededor. Mis sentidos se aturdieron, los párpados me vencían, una gota de sudor recorría mi rostro y tras unos minutos, sentí que era rodeada por anchos brazos que me sostenían como una madre lo hace con un hijo, reconocí  latidos acelerados en un cálido pecho y a pesar de mi respiración dificultosa, sentí ganas de vivir ese momento una y otra vez, no recordé más […]
Sábado.
Traté de levantar los párpados mientras me hallaba recostada, al no reconocer el lugar en donde me encontraba me senté de un tiro, miré a los lados y por lo poco que podía lograr ver; nada me parecía familiar. Me aferré al edredón que cubría la cama, noté que seguía vestida como lo había estado la noche anterior ¿Qué rayos hago aquí?  Me mantuve quieta por unos segundos para poder descifrar las voces que oía a lo lejos. Un silencio se prolongó. Rápidamente apoyé mis pies en el suelo y traté de encender la luz pero era inútil, así que abrí la cortina para visualizar mejor lo que contenía el cuarto. De pronto, la puerta fue furtivamente abierta haciendo chirriar la madera de ésta con el suelo. Reconocí a aquel sujeto del pasillo. Mi temor avivadamente se fugó como un animal en peligro. Mi instinto hacía notar que no tenía nada que temer pero mi razón no estaba dispuesta a confiar. No estaba segura de la veracidad de mis recuerdos […]
Caminó a zancadas, sin dirigirme la mirada y dijo rígidamente:
-          No te atrevas a abrir la cortina otra vez – mientras jalaba con fuerza el cordel de ésta -sin mi previo consentimiento. 
Por mi parte no agregué nada, opté por estudiar cada uno de sus movimientos y palabras. Su voz era grave y decidida, connotaba la posible personalidad que aquel individuo podría tener. Empecé a divagar en segundos sobre su posición al caminar, su carácter decidido y explosivo, su mirada débil y  su antipatía por la luminosidad.
Se aferró a la manija de la puerta dispuesto a salir del cuarto pero antes dijo:
-          Si deseas, ya te puedes retirar. No te retendré más.
-          Antes de ello, guíame hacia la salida e indícame por donde debo seguir mi camino- dije sin esperar que mi petición sea cumplida.
-          Claro, pero yo te dejaré en casa- dijo con una sonrisa maliciosa dibujada en el rostro- quiero asegurarme de que te encuentres bien al llegar.
-          No es necesario, desconozco lo que has hecho por mí fuera de haberme dejado dormir aquí y encontrarme estable, pero eso es suficiente. – dije por lo poco que recordaba – Por cierto, gracias – agregué insegura de lo que había afirmado.
Sentía una cierta impotencia estando en el aposento de un desconocido que claramente no quería cooperar para disipar mi confusión, sino alimentarla con sus palabras y gestos. Lo último que recordaba del día anterior parecía alejarse como un simple sueño, sin ningún ánimo de hacerme creer que lo que había sucedido era real o que lo que estaba aconteciendo en ese momento lo era.
Él tenía el aspecto que suelen  tener las personas que han conocido el  mundo más allá de su capa superficial, una capa difícil de traspasar por seres egocéntricos, prejuiciosos, testarudos y  moralistas.  
-          Sí, al parecer desconoces gran parte de lo que pasó anoche y no tengo por qué escondértelo – se dirigió a mí, me miró a los ojos y extendió su brazo al lado – Siéntate.
Él era tal y como lo había idealizado, trataba de esconder sus sensaciones y sentimientos para darme otra apreciación de su persona. Existía una gran atracción y  algo me indicaba que él se pondría convertir en algo esencial en mi existencia. Había un clima agradable y no faltaron las  brisas pasajeras que nos rodeaban. No pude evitar dar un gran suspiro para aliviarme de estúpidos sentimientos.
-          Ahora hay un pábulo para retenerme en tu posada- dije reaccionando tarde de lo que había terminado de emitir mis labios.
-          Dos, en realidad - dijo entre risas- déjame relatarte lo ocurrido. Obséquiame el tiempo necesario como  recompensa para este buen samaritano.
-          No tengo nada que perder. El tiempo ahora no es lo más importante.
-          Ahora, ¿Qué es lo más importante?– preguntó fijando sus ojos en los míos.
-          Vamos – dije con la mirada esquiva– sólo empieza con la historia.
-          Espera, aún falta lo más importante. No sé cuál es tu nombre.
Salí de su casa en el amplio crepúsculo, tallando en mi memoria cada uno de los detalles de la decoración cálida de su hogar: las paredes tapizadas en tela,  las réplicas de algunos majestuosos lienzos de Giorgione, las filigranas de hilos y los muebles bien conservados. Él insistió en dejarme en mi hogar y después de todo, no me pude negar. Así que, le indique brevemente por donde debía ir y pareció comprender a la perfección.
Abrió la puerta de su oneroso automóvil y me invitó a sentar. Me sentía insignificante al lado de un hombre que aparentemente me doblaba la edad, pero a él no pareció  importarle aquello.
Las amplias carreteras daban un verdadero ambiente a clásicos de King Crimson y no pude evitar meditar el resto del camino sobre lo sucedido esa tarde. Necesitaba analizar toda la historia que me había sido relatada para encontrar explicaciones a algunas incógnitas.
-          Dejemos los nombres a un lado, ambos seremos como los primeros seres existentes en su género respectivo. Puedes obviar o no los pronombres que creas conveniente cuando te refieras a mí y yo haré lo mismo con respecto a ti.
-          De acuerdo -  asintió  confundido– en ese caso empezaré con la historia desde la parte que creo, te interesará.
-          Descuida, empieza por donde tú quieras. No interrumpiré- dije con torpeza.
-          Lo tomaré en cuenta – se calló por unos segundos y continuó - Cuando salí de los servicios higiénicos dirigiéndome a la salida; ya que el espectáculo ya había terminado, empecé a notar que una gran  llama se incrementaba rápidamente por la cocina y decidí salir con el resto de personas pavoridas que todavía seguían atascadas en la puerta. Traté de tranquilizar a un par de ellas pero es en esos momentos en que el individualismo reina  y como era de esperarse, hicieron caso omiso a mis recomendaciones.
La ayuda tardó en llegar y mientras, los usuales espectadores se amontonaban a contemplar la inmensa fogata que tenían en frente. Fue cuando ya me estaba alejando de la escena, que reaccioné y regresé al lugar para testificarme de que nadie se haya quedado en los pisos superiores del establecimiento. Al  intentar entrar, oí los gemidos y sollozos de una mujer joven y de ojos pardos llamada Sofía. Ella me pidió que entrara para hallar a una amiga suya que poca descripción y localización me supo dar por lo intranquila que estaba.
Por primera vez, sentía que era útil para algo y aunque no lo quise aceptar esa sensación me impulsó a arriesgarme e ir en busca de aquella víctima. Me tapé la nariz con el antebrazo antes de entrar y me dirigí al baño de damas;  donde Sofía la recordaba haber visto. Las llamas me impedían caminar a zancadas y ya tenía dificultades para respirar, así que decidí recorrer el pasillo porque deduje que aquella joven  había tratado de movilizarse y no me equivoqué. Entre la alfombra que envolvía gran parte del pasillo te encontré a ti,  aparentemente consciente y con la respiración agitada. Te tomé entre mis brazos, traté de contener mi respiración y salir rápidamente del lugar, pero el fuego acaparaba casi todo los espacios. Fue en ese momento, en que llegaron un par de bomberos y me alcanzaron rápidamente para llevarte consigo y ayudar a mantenerme parado por la falta de aire. Ellos te instalaron en una ambulancia y Sofía entre agradecimientos subió a acompañarte.
Conseguí localizarte después de un rato en el centro médico más cercano, por una breve descripción que hice de ti y una mentira necesaria para afirmar el parentesco que teníamos. Felizmente no fue necesario mencionar tu nombre y te encontré estable; así que, Sofía me pidió que te llevara conmigo y te dejara en tu hogar; ya que no traías las llaves de tu departamento y era muy tarde para molestar a los vecinos, además; ella tenía que viajar esa misma noche fuera del país. Yo era el único en quien ella podía contar en ese momento, supongo que ese fue el motivo de que ahora te encuentres aquí- concluyó, fijándome la mirada  tratando tal vez de conseguir una respuesta.
Ambos quedamos en silencio por un largo rato. Mi expresión conforme se me fue relatada la historia  pasó de interés a confusión.  La descripción de Sofía  era exacta, pero me pareció extraño el hecho de que ella viajase sorpresivamente, porque todavía no terminaba sus estudios. Por otro lado, era cierto que no había llevado mis llaves pero sí mis documentos y billetera. Si realmente Sofía le pidió a un desconocido que me acoja en su casa, probablemente se haya llevado consigo mis pertenencias e incluso el dinero creyendo que de hecho lo que tenía ahí era insignificante. Pero, nada estaba claro.
Hasta que tuve mis interrogantes disipadas, no confié mucho en su versión.  
-          ¿Te pasa algo?
-          No, en absoluto – balbuceé al responder.
-          Sí, eso parece- dijo con tono irónico- Bueno, ya llegamos.
Yo vivía en un departamento bastante amplio para no tener compañía alguna, pero había logrado lo que anhelaba: la independencia absoluta del control de mis padres. Después de dos años y medio de trabajo en una editora pude conseguir aquel departamento sin muchos lujos, donde no tenía más compañía que mis tres grandes pasiones: la música, la poesía y la pintura.
Él salió del automóvil para que cortésmente abriera la puerta en donde me encontraba, pero ya me había adelantado a su objetivo. Caminó un poco, no articuló ninguna palabra y quedó absorto en sus pensamientos por unos minutos mientras miraba fijamente la luna. Aproveché para mirar las ventanas vecinas tratando de encontrar luces encendidas. De pronto, se volvió a mí  y me  levantó el rostro cogiéndome del mentón, pero me solté de él y bajé la mirada.
-          Quiero seguir contactado contigo – dijo suavemente.
-          No es necesario – dije después de un profundo suspiro.
Casi inmediatamente de mi respuesta, escuché unos silbidos familiares. Alcé la mirada y pude reconocer el rostro de  Sebastián, asomándose por la ventana principal de mi departamento.
-          Ya te puedes ir, gracias por todo. Estaré bien, no te preocupes– dije adelantándome a su respuesta.
-          De acuerdo, pero… espero volverte a ver.
-          Adiós.
-          Hasta muy pronto –dijo rozando sus labios en mi mejilla.
Caminé hacia la puerta sin mirar atrás, oí el sonido del motor al arrancar y noté que Sebastián seguía observándome. Encontré la puerta abierta, mi corazón decía lo que mi mirada trató de negar. Era tan extraña la fugacidad de sentimientos que estaba experimentando que traté de mentalizar los problemas y caos que tenía en mi vida, y fumigué mi mente.
Mientras subía las escaleras, mis latidos se desaceleraron poco a poco hasta alcanzar la normalidad. Sebastián me esperaba con los brazos cruzados apoyado en una de las columnas de la puerta.
-          Sofía ya me explicó todo lo que ocurrió y vine para traerte lo que ella había cogido de tus bolsillos- dijo dejando sobre la mesa de la sala mis documentos y billetera.
-          ¿Entonces si viajó?
-          Al parecer sí, pero aún lo dudo. Lo que no comprendo es porque ella te dejó con  aquel sujeto, es decir ella es impredecible – dijo entrecortándose con un suspiro – pero realmente su decisión me enfureció de sobremanera.
Era un hecho, Sofía ya tenía algo en mente al momento en que me dejó con Él – pensé. Me sorprendió que Sebastián no me haya interrogado como siempre lo hacía cuando no le contaba algo que él creía importante. Miré detenidamente su ensortijado cabello y sus radiantes ojos claros que vibraban delicadamente como una señal de tierna añoranza. Al sentir su mirada fija en la mía, me pasmé mas no quería evitar ese nexo. Él por su parte, se aproximó  formando una tenue sonrisa,  me abrazó con fuerza y lentamente ubicó mi frente para darme un  beso que  llegó a estremecerme por un momento.
Después de unos segundos, se apartó de mí y me dejó una carta en la mano. Ya es hora de irme, llegaste más tarde de lo que pensé – dijo cogiendo su mochila y cerrando la puerta dejándome dentro del departamento. No me dio tiempo para articular palabra alguna.
Me dirigí a la cocina y encontré un par de  platos servidos en el comedor, no tenía hambre pero decidí probar unos cuantos bocados, empujada por un ¿Por qué no? Mientras comía, empecé a observar la carta, dándole vueltas sin abrirla aún. No había ninguna escritura fuera de ésta pero supuse que era de Sofía, ella era la única que se tomaba el tiempo para  tratar que una hoja me diga lo que ella no podía.
De pronto, sentí que la sangre me hervía vertiginosamente y tan sólo el roce con algún cuerpo me extasiaba.  Solté la carta y apreciando el inmenso calor  que recorría mi cuerpo, me desnudé rápidamente de camino al baño para darme una ducha de agua fría.
El agua recorría mi cuerpo naturalmente, tal como lo hace en los afluentes de un río, y a pesar de la temperatura  de ésta, no sentía ningún cambio en la mía. Mi respiración estaba agitada y mi razón atrofiada por los deseos carnales que me invadían, pero yo era consciente de que no tenía ni la más mínima evocación de la última vez que había disfrutado tanto de mis excitaciones. ¡Maldita sea!- dije inconscientemente y percibí un profundo eco.
Me vestí y poco después, salí a caminar con un simple cuaderno de bocetos y la carta en mano, sin tener un rumbo definido. Después de recorrer unas cuadras, encontré un parque poco concurrido y al encontrarme apartada, me senté a la sombra de un castaño de tronco ancho, tratando de olvidar la contaminación acústica propia de la ciudad. Inhalé profundamente y exhalé abriendo cuidadosamente la carta […]
No tengo mucho tiempo para introducciones usuales, a estas alturas ya debes de haber encontrado a Sebastián.
Espero que me perdones por no haber podido llevarte a tu casa pero salí del país por una necesidad. De todos modos se que tuviste una perfecta compañía anoche.
Pronto tendrás noticias mías                                                                                 Sofía

Releí la carta un par de veces por escueta codicia de encontrar algo nuevo con cada leída, la tomé por los lados cuidadosamente, la miré con malicia, la arrugué y por último, la lancé  hacia atrás. Cogí el cuaderno bocetos, lo coloqué en mi regazo y empecé a analizar cada detalle de los dibujos que había hecho en él moviendo con gran sensualidad mis dedos sobre el papel.
Yo tenía en aquella época un boceto en particular que me agradaba admirar como aquella obra ajena que aspiras tener. Observaba la silueta de una mujer de pechos prominentes y  descubiertos tendida sobre una amplia tela que miraba de lado con cierto aire de anhelación carnal. Aquel aire que siempre me había encantado de las mujeres y que irónicamente yo no podía conseguir  […] Subí la mirada y observé las hojas de aquel gran castaño que eran balanceadas rítmicamente por el aire. En ese momento, mi mente proyectaba el sonido de notas mayores en un bajo con ritmo funk que proporcionaba un riff rico en estética. Cerré los ojos mientras mi cabeza se balanceaba consiguiendo sonidos más allá del castaño, de toda realidad, tal vez más allá de mi propia mente. Venlafaxinas – dije despedazando el “silencio”.  
Recogí la carta del desgastado pasto y la contraje aún más en mi puño, la tiré a un basurero cercano y la observé un momento con el resto de desechos como si esperara que hiciera alguna clase de  movimiento de defensa, sonreí por pensar en lo absurdo y me volví hacia el castaño con nostalgia.
Caminé en dirección a casa pasando de mano a mano el cuaderno de bocetos, miré la acera, abracé apasionadamente al cuaderno y empecé a ordenar mis pensamientos.
Era seguro que Sofía conocía a aquel sujeto del pasillo pero no se podía afirmar en dónde y cuándo. Tenía un intenso dolor de cabeza que me impidió analizar detalladamente cada palabra o simple gesto. Después de muchos años, había hallado a mi mente débil dentro de sí. Estaba dejándome llevar por cada pensamiento, sentimiento, razonamiento propio del desorden del ser humano. Un desorden inservible […]
Llegué en plena noche, ansiosa de ingerir pastillas y conseguir descansar. Con apuro y torpeza cogí las Venlafaxinas desparramadas en la mesa de mi cuarto. Me situé al frente de la ventana, vislumbré la luna llena e ingerí un par de pastillas con la ayuda de un vaso de agua. Agité mi cabeza y seguí observando a la luna. Ya había olvidado cómo era una vida sin dependencias farmacéuticas […]
Domingo.
Desperté agotada aún de madrugada con pocas ganas de forzar mis párpados para mirar claramente. Me vencí y dejé que mis ojos sigan hundidos en sus tinieblas. Luego de un tiempo indefinido, separé mis rendidos párpados y visualicé una luz celestial que no venía del natural reflejo solar ya que aún no había rastros de él. Era una luz amarillenta y parpadeante, era precisamente la luz proveniente de un automóvil. Salí de la cama por simple reflejo, miré hacia abajo y mis pechos se encontraban desnudos, totalmente irreconocibles. Sentí una gran brisa y noté que tampoco nada tapaba mis caderas y muslos.  Las luces seguían presentes y parpadeantes. Mis pies sentían la alfombra con ganas de conseguir un cierto calor. No sentí ninguna clase de pudor y caminé directamente hacia la ventana. Levanté levemente una parte de la cortina y me asomé a ver el origen de aquellas luces. Uno de mis senos tampoco aguantó aquella curiosidad y se asomó junto a mi cabeza. Ambos mirando directamente al auto que teníamos en frente.
Reconocí el auto, al mismo sujeto, la misma sonrisa maliciosa mirándome atentamente. Me puse de espaldas a la ventana y posé una mano alrededor de mi cuello.  Sentía un profundo asco por su aparición, por  su sonrisa,  por mi curiosidad […] Las luces aún me alumbraban y notaba con el mismo aire de repugnancia a mi cuerpo desnudo avanzando hacia la cama. ¿Qué sentido tenía ya dormir? ¿Qué sentido tenía creer que no había ninguna luz, ningún auto, ningún sujeto?
Cogí mi ropa y me la puse de camino a la puerta, la cerré con rapidez, bajé las escaleras y caminé en zancadas hacia las luces. Palpé la puerta del auto hasta reconocer la manija y jalé de ella. Estaba sentada al lado de aquel sujeto, mirándome con la misma sonrisa maliciosa dibujada en su  rostro. Lo miré directamente a los ojos, tratando de conseguir una explicación tanto a su aparición como a mi reacción. Esquivé la mirada y la situé con inocencia y resignación en mis senos cubiertos con la tela delgada de mi blusa. Fue en aquel momento en que me consideré una mujer débil, una que ante un cierto estímulo cae con sumisión. Me empecé a detestar más.
Él me acarició los cabellos y abrió paso  a su mano para posarla en mi nuca. La acarició mientras esperaba que respondiera a su mirada. Me cogió del mentón suavemente y dirigió mi cabeza hacia él. Era ridículo en esas circunstancias tratar de seguir esquivando su mirada. Lo miré atentamente y sentía progresivamente con mayor profundidad nuestras respiraciones fusionándose con el aire frío. Me sentía tan estúpida por lo “romántico” que era el momento, que solté una corta risa que lo alejó de mí.
- Me pone nervioso encontrarme en esta situación […] no sé que me sucede cuando estoy contigo- dijo.
Me quedé en silencio. Yo tampoco tenía buenos argumentos para explicarle mi reacción al ver su auto justo en frente de mi ventana. La situación se tornaba algo incómoda. Él esperaba una respuesta de mi parte pero nada  claro llegaba a mi mente en ese momento. No sabía exactamente qué hacer o decir.
-  Me has puesto en la posición de una adolescente inexperta. No quiere decir que yo haya tenido una amplia experiencia en estos casos. Sólo que como verás no puedo decir nada claro – concluí para evitar decir algo que me comprometa.
- Te comprendo, me siento igual- dijo riéndose suavemente.
Respondí a su risa y el clima de la situación se fue estabilizando. Me sentía libre de todo problema a pesar de que irónicamente me encontraba en uno. ¿Quién me podría asegurar de tomar confianza con aquel sujeto era buena idea? La única que podía responder a esa pregunta, se había ido. De todos modos, la pregunta me la había formulado muy tarde.
-          Tal vez, ya sea hora de irme. Es de madrugada y supongo que dentro de pocas horas tendrás ocupaciones. No lo sé.
-          Descuida, si fuera así probablemente no me hubiera atrevido a hacer  todo esto.
-          […] Me agradas – atiné a decir.
-          Hay algo en ti que no sólo me agrada, me cautiva y me enamora. A pesar de que se poco de ti, me agrada tu forma de hablar, tu manera de perderte en tu propia realidad, tu sonrisa y tu mirada con cierto aire de inocencia. Me dejaste sin palabras cuando te observé descansar en mi cama.  De alguna forma me embargó una especie de confianza y por ello, empecé a preguntarte muchas cosas viendo tus  párpados cerrados e  inmutables en tu bello rostro. Sabía que no me escuchabas, pero sentía esa necesidad de hacer ese momento eterno. Cuando me di cuenta que te querías ir rápidamente sin saber ni siquiera quién era yo, sentí que perdía algo importante. Es por eso que  al principio actué con  una actitud fría y hasta cierto punto detestable.
-          Hay muchas cosas que no comprendo. Eso no quiere decir que rechazo lo que ahora me dices, sólo que no me es fácil ahora creerte.
-          Al menos, me gustaría saber tu nombre.
-          Algún día lo sabrás. Dudo mucho que en este país, sea tan fácil esconder un nombre a mi edad.
-          […] ¿A tu edad? […] A mi edad, tal vez todo ello sea más crítico.

No me embargaban ganas de saber su edad, sino todo lo contrario, me parecía irrelevante. Me alegraba que a él tampoco le importara. Cada vez me simpatizaba más aquel sujeto, pero aún así no pretendía esperar algo de él, quería evitar esa sensación de decepción.

-          Te mostraré un lugar al que suelo ir constantemente. No es algo fuera de lo común, mas es importante para mí.
-          No tengo ningún problema […]

En ese momento, califique mi respuesta de incompleta y débil. Mi mente me dirigía a preguntar a dónde íbamos a ir, mas algo en mí había tomado las palabras de aquel sujeto con el cierto aire de confianza que necesitaba para callar esa pregunta.

Miré hacia la ventana, viendo como las veredas de las calles parecían eternas. Pronto, había ascendido a mi “ominoso universo”.  Luego de un corto tiempo, el auto se había detenido. Me desconecté de mis ideas y rápidamente noté que una melodía encantadora y nostálgica sonaba en el reproductor del auto. Sólo una imagen de las muchas que llegaron a mi mente en ese momento es la que ahora recuerdo: a mi par de compañeros de la infancia. Aquella hermosa melodía pertenecía a  Hendrix, el magno Hendrix. La última canción que había escuchado cantar a mi par de amigos alcohólicos de la infancia (¡Dulce infancia!): Bleeding Heart.

-          ¿Te agrada ese tema? – oí aparentemente a lo lejos.
-          Sí, en demasía – dije con gran animosidad en mis palabras.
-          Me alegra mucho. No sabes cuánto- dijo resaltando su última frase.
Por segunda vez me adelanté al “detalle” de abrir la puerta de la “dama”. Respondió a mi acto con una tierna sonrisa y se dirigió a la parte trasera de su auto. Sacó con cuidado un gran estuche rígido. Me sorprendió notar que efectivamente se trataba de una guitarra. Sostuvo el estuche con  de sus manos y me cedió la otra. La tomé con fuerza y miré  alrededor. Me parecía peculiar el lugar a dónde se dirigía.
-          Aquí es. Espero que no te moleste sentarte en el pasto.
-          En absoluto, éste es un gran lugar.
-          ¿Lo conocías?
-          Por supuesto, no está tan cerca a mi departamento pero me agrada caminar hasta aquí y sentarme a la sombra de un árbol.
-          ¿Aquel castaño?
-          Precisamente. Me sorprende que tú también lo hagas.
-          Sucede que hace poco tiempo vivía por aquí y solía hacer lo mismo cada vez que me encontraba con ganas de estar apartado de todos […]
-          […] Y hasta de uno mismo.
-          Exacto. Por lo que veo, este será “nuestro lugar” aunque suene exagerado tal vez, lo es.
-          Lo es y tal vez lo siga siendo.

Nos sentamos bajo el castaño, nuestro lugar,  cerca a las 4 de la madrugada. Mis manos se sentían inútiles al lado de las suyas que finamente tocaban cada nota en la guitarra. Mientras tocaba me veía atentamente, casi analizándome. Me incomodó ese instante por lo que el paró de tocar.

-          ¿No te agrada?
-          En realidad, es todo lo contrario. Sólo que me gustaría también intentarlo.
Tomé la guitarra entre mis brazos y en lugar de “tocar” me dediqué a “contemplar”. Era una de esas guitarras de las cuales todavía yo no podía conseguir.  Lo miré a los ojos y me dejé llevar. Las notas se entrelazaban y convertían su mirada en una intensa inspiración que llegó a dar con la melodía de la canción que había compuesto hace muchos años. Me cautivó su expresión al escucharme tocar. Al terminar de hacerlo, inhalé hondamente. Ese era el aire de la madrugada que siempre me agradaba aspirar, el semi-puro aire de la ciudad. Le cedí la guitarra y noté que no dejaba de buscar mi mirada en todo momento y al tenerla entre sus pupilas, sólo atinó a dejar su guitarra  a un lado. Bajo la mirada y noté sus largas pestañas casi femeninas que le daban un aire más seductor. Subió la cabeza y me abrazó con fuerza por largo rato, me ponía nerviosa en cierto grado por no saber lo que en ese momento él pensaba. Se alejó de mí y posó su mano encima de la mía. Quedamos suspendidos en nuestro espacio  mirándonos fijamente a los ojos. El silencio que existía en ese momento no era incómodo, daba un cierto grado de paz que ambos necesitábamos.
-          ¿Te molesta si acuesto mi cabeza en tu regazo?
-          En absoluto.
Llegué a mi departamento luego de pasar alrededor de tres horas con él. Entré a la ducha para disfrutar de las formas que el agua tomaba en mi cuerpo. No dejaba de pensar en todo lo que había pasado hacia pocas horas. Todo había sido real, pero algo en mí desconfiaba de ello y optaba por creer que era onírico […] Me encanto su manera de dirigirse hacia mí, su mirada profunda, sus caricias y detalles y por sobre todo lo mucho que teníamos en común, en especial el gran detalle que siempre me había hechizado en un hombre: que fuera enteramente dedicado a la música.
Descansé lo que restaba de la mañana y unas cuantas horas de la tarde. Al levantarme, decidí ordenar todo mi espacio para empezar bien al día siguiente. Al estar ocupada por horas limpiando, había olvidado mi necesidad de ingerir alimentos.
Me recosté para leer un rato, mas mi mente no se mantenía concentrada. Muchas imágenes llegaban a mi mente en ese momento y por más que deseaba no las podía despegar de mi mente. A partir de aquel momento, empezaba a creer en lo especial que sería todo si seguía frecuentando aquel sujeto. Puede que no me haya equivocado, al fin y al cabo [...]
Lunes.
Pasé toda la madrugada en vela, pero a pesar de ello me sentía “renovada”. Me bañe escuchando a todo volumen el dulce blues de Hendrix en honor a la madrugada anterior.
Luego de cierta hora, había olvidado completamente las obligaciones que tenía más tarde. Ya era tarde para ir a la Academia de Artes para sustituir a una compañera, pero había alguien que podía hacerlo por la cercanía que tenía a lugar: él.
No pensé que pondría condiciones, pero accedí sin mayor problema. La primera era cenar juntos y  me daba la potestad de elegir el lugar, la segunda y última era que luego iríamos a donde él decidiera. Fue ineluctable abrir mi mente a grandes pensamientos con la segunda condición.
Luego de unas horas, opté por cocinar. No era una actividad que disfrutara, pero siempre la necesidad me había llevado a hacerlo. Luego de unos minutos, sonó el timbre.
-          ¿Qué deseas Sebastián?
-          ¡Gracias por el recibimiento! ¿No deberías estar ahora trabajando?
-          Hoy no. Pensaba dedicarme a otras actividades.
-          Estás deslumbrante. ¿Qué rayos te pasó?
-          Me bañe por largo rato, eso es todo.
-          […] Sofía regresó y tiene que hablarte de algo.
-          ¿De algo?
-          En realidad, de todo.
-          Pensé que tu visita no era encomendada […]

Sebastián accedió a cocinar conmigo; sin embargo, en su mente sólo existían una gran cantidad de recetas afrodisíacas. Le enseñé un par de mis recetas y el accedió a enseñarme algún día un par de las suyas, como reivindicación por hacerme parte de su lista de víctimas gracias a sus apasionantes  platos.

-          ¿Algo te preocupa?
-          […] En absoluto.
-          Te siento extraño, Sebastián.
-          No es nada, despreocúpate. No es nada […]

Alrededor de las 3 de la tarde, Sebastián salió de mi departamento haciéndome prometer que me cuidaría. Se despidió con un beso en la frente y se fue pensativo antes de que pudiera despedirme de él.

Me cambié para ver a Sofía, encontré las Venlafaxinas contemplándome inmóviles. Al salir, tomé la tableta que aún estaba a la mitad y la boté en algún basurero público (1er logro) antes de tomar el bus. Luego de un cuarto de hora, llegué a la casa de Micaela,  amiga de Sofía,  en donde ella se alojaba por aquellos tiempos.

Salí de ahí alrededor de las 6 de la tarde. Faltaba poco para “el encuentro”. Lo llamé inmediatamente y decidí tomar como punto de encuentro su propia casa. Pareció sorprenderle pero accedió.

Mientras me dirigía a su casa, empecé a ascender a mi “ominoso universo”. Mi ofuscación había iniciado. Miraba alrededor y veía extrañas criaturas con máscaras oscuras que en su mayoría, escondían mentiras, preocupaciones y problemas; y  otras pocas, buscaban una felicidad duradera– que no tenían -  y morirían en el intento. Odiaba ser parte de ello, y no tan sólo de los muchos, sino también de los pocos. Ansiaba destruir aquellas máscaras.

-          Sebastián fue en cuanto pudo, seguro.
-          Así es. ¿Qué tenías que decirme?
-          Déjanos solas, Mic.
-          Como si quisiera estar aquí. Al fin y al cabo, está es tu casa ¡Ja!
-          […] Todo  se trata de quién te está te enamorando. Resulta que es mi hermano, mi buena amiga – dijo con tono de orgullo.
-          ¡Mierda,  no tienen ni el mínimo parecido! ¿Cómo podría creerte?
-          Pregúntale su nombre, eso es muy sencillo para ti.
-          Claro, cómo me encanta saber ese pormenor.
-          Seguro trato de evitar contarte que me conocía mucho. Pero lo esperaba, de todos modos, así es él.
-          ¿Así es él? Explícate.
-          Él es casi perfecto y busca una mujer que sea igual que él. Cuando se de cuenta que no te acercas a la casi-perfección que él busca se deshará de ti, pero antes te disfrutará. Al dejarte en sus brazos, literalmente, esperé que no tuvieras tanto contacto con él por lo menor que eres respecto a él. ¿Quién diría que caerías tan fácil? […]
-          ¡Ja! ¿Caer ante sus encantos?
-          Precisamente. Te lo dice alguien que antes de saber que era su hermana, había tenido esa experiencia.
-          Tus experiencias amorosas son una mierda.
-          Sí, efectivamente […] Son una mierda.
-          De modo que todo esto me lo dices como celosa experimentada no como hermana protectora.
-          […] Aún hay más.
Bajé del autobús para caminar unas cuantas cuadras. Compré una botella de agua que no pude tomar por el recuerdo que me provoca la sensación de las Venlafaxinas en mi garganta empujadas por el agua. Al pasar un par de cuadras,  no encontraba la casa que buscaba hasta que mi cabeza al dar un giro involuntario, la divisó al otro lado de la calle.
-          ¿Pretendes que te pregunte sobre los pormenores que no me interesan?
-          Yo sé que cuando lo averigües, desearás que te lo haya contado antes.
-          Tal vez no, Sofía. No somos tan parecidas.
-          ¿Estás dispuesta a discutir, verdad?
-          En absoluto. Sólo deja esos celos,  me parecen innecesarios.
-          Sé que él querrá verte pronto para experimentar si eres la que busca. Se decepcionará.
-          Los celos ciegan, Sofía.
Toqué el timbre y rápidamente me abrieron la puerta. No me atrevía a entrar y sólo atiné a decir: “Gabriel”. Se quedó pasmado por un instante y luego, sonrió. Me hizo sentar en uno de los sillones de la sala y se fue a la cocina por un rato.
-          No hay celos, sucede que no quiero que sufras por amor.
-          ¿Sufrir por amor? El amor es como la felicidad, ambos son fugaces. Las parejas duran por otros factores más allá del amor y la felicidad.
-          ¿Crees que no conoces al amor?
-          Tal vez […]
-           Pues, sí lo conoces […] Su nombre es Sebastián, amiga mía. ¡Nadie como él!

Me dirigí a la cocina para ver en qué podía ayudarlo. Los platos ya estaban servidos y  el ambiente olía muy bien. Se le acercó un gran perro siberiano que al verme, defensivamente empezó a ladrar. Me tomó de la mano y me llevó a través de un pasillo alejándome de  su perro. Empecé a recordar la última vez que había estado ahí […]

-          ¿Qué rayos te sucede? Veo que no comprendes nada acerca de mi concepción del amor.
-          No puedo creer que no veas lo  que está más que claro. A penas le conté a Sebastián lo que pasaba, fue a buscarte. Él  no quería contártelo porque no sabía los suficientes detalles, pero él teme perderte. Es por eso que a pesar de todo el tiempo que se conocen, él ya no intenta nada. Él no quiere perder tu amistad por tener tu amor. Compréndelo.
-          Él no deja de ser especial para mí, pero el “amor” que pudimos tener se fue. Ahora yo lo admiro y aprecio a pesar de los defectos.
-          ¿Eso no es  amor?
-          ¿Amor? Deja de tomar ese término como argumento.

Me senté en su cama y él cerró la puerta de su habitación. Volvió hacia mí y rápidamente se acercó. Cuando apenas pude darme cuenta que sus labios estaban rozando los míos, cerré los ojos y me dejé llevar. Mi ofuscación estaba en su plenitud.

-          Sebastián te ama. No pierdas a alguien como él.
-          Ni yo misma puedo asegurar lo que siento. Ahora dirás: “¡Vamos disfruta de uno, para destrozar al otro!”
-          ¡Qué bien me conoces! Puede que sienta celos, pero lo que sienta por Gabriel es mi problema. ¡Al carajo con todo!
-          Todo bien, Sofía. Lo mismo sucede con mi vida.
-          ¡Vete a la mierda! Haz lo que quieras con Gabriel para que luego, él haga lo mismo.
-          ¿Quién sabe? Tal vez la última parte no se pueda llegar a dar […]
-          ¿Qué diablos tienes en mente? La vida no es un juego, ¿sabes?
-          Lo es, Sofía. Sólo hay que saber mover las fichas con estrategia.
-          […] ¡Vete a la mierda!
-          Adiós, Sofía.
Se alejó de mí por un rato, su mirada se transmutaba poco a poco. Me dejó perturbada por lo fríos que se encontraban sus labios. Cerró los ojos hasta besarme reiteradamente.  Me cogió de la cintura  acariciándome intensamente. Poco a poco, sus caricias iban tomando posiciones en mi cuerpo. Lo cogí de las mejillas para acercarlo más, mientras lo besaba. Encontré exquisito la fusión de nuestros alientos y caricias. La ropa se movilizaba de un lado a otro. A penas podía ver claramente por la falta de luz, pero aún así, percibía cada textura, movimiento, caricia, aliento y  beso sobre mi piel.
Gabriel era la clase de hombre del cual siempre había deseado ser amante, pero en esa ocasión ese detalle se tornó insustancial. No pensé en él como hombre ni en Sofía como compañera, tan sólo en construir mi propio final […]
Podía tocar su cuerpo como lo había deseado la primera vez que lo vi, pero nada me extasiaba.  Me parecía patética su forma de ansiar oír mis gemidos y signos de excitación, cuando no había forma de que se dieran. Sus movimientos se hicieron torpes.  Su rostro dio a conocer  su decepción. Me agradaba ver su rostro pálido y decaído en la oscuridad del cuarto. No codiciaba decir algo porque no era necesario. Lo miré detenidamente acariciándole el cabello. Las intensas ansias que tenía en aquel momento no eran libidinosas, sino  incontrolablemente descarnadas.
A partir de ese momento, cambiamos los roles: él era  la mujer indefensa que  luego de tener relaciones se sentía culpable por la fugacidad del placer y por la falta de amor, por otro lado, me encontraba yo, el hombre triunfante de tener una experiencia más en su registro y ligeramente satisfecho por el grado de  placer obtenido.
 Ambos nos vestimos  rápidamente, al terminar de hacerlo nos miramos para tratar de que uno de los dos, guié el camino del otro. Él fue el primero de salir de su cuarto hacia la cocina, al llegar se volvió a mí y me dio un beso en la frente pero yo no di respuesta alguna. Mi ofuscación se iba socavando.
La comida estaba servida y aún tibia, su aspecto era exquisito tal como su aroma. Ninguno de los dos se aventuraba a coger un plato. Él se dirigió al comedor para acomodar los utensilios en la mesa y yo seguí contemplando los platos al lado de las ollas y demás. Al subir la mirada, me centralicé en un arma exquisita. Era perfecta para cualquier clase de corte. La tomé entre mis manos y la acaricié dulcemente […]
Gabriel no se atrevía a volverse hacia mí, daba a conocer su  vergüenza. Me acerqué a él cuidadosamente y lo abracé con el cuchillo aún en mi mano. Respondió con un beso en la frente y sonrió al ver el divertido utensilio que tenía.  Lo miró detenidamente y lo acarició con aún más dulzura.
Lo acerqué a él para que no sólo disfrute de su reflejo en éste, sino también de su utilidad. Le hice un corte en la mejilla, no pensé en la profundidad de ésta ni en la fuerza al hacerlo, pero a él pareció agradarle. Tenía aquel dibujo malicioso en sus mejillas que me hizo siempre recordarlo. Así, aún con el cuchillo en su piel, seguí mi camino hasta su cuello. 
Cogió mi mano  con desesperación, pero ya era tarde, la profundidad que había decidido llegar ya había sido sobrepasada. Su dulce sangre se discurría por diferentes direcciones. Me miró con ojos desorbitados moviendo su cabeza de lado a lado defensivamente. Probablemente sentía impotencia por las insuficientes energías que podía utilizar para quitar mi mano del utensilio y éste de su cuello, pero eso no importaba […] Mi placer era colosal.
Cuando ya no daba signos de defensa, dejé caer mi mano y con éste, cayó estruendosamente Gabriel. Su cabeza rebotó con dulzura  sobre la mayólica del salón. Su rostro triangular seguía intacto, sólo al aproximarme a su cuerpo con ayuda de la luz pude notar los rasgos en común que tenía con Sofía. Me pareció ridículo cada uno de los minutos que perdí pensando en posibilidades fuera de la realidad respecto al par de hermanos.
El perro siberiano de Gabriel, se acercó para obtener la última imagen su amo. Lo miró con nostalgia y al apreciar que un intenso líquido rojo se desplazaba en dirección a sus patas, empezó a lamerle el cuello tratando de evitar inútilmente que se siga filtrando el líquido en el resto del suelo. Así, me despidió con sonoros aullidos.

Dejé el cuchillo en alguna casa vecina y me dirigí a mi “actual hogar”. Mi serenidad se había dado notoriamente por las eternas melodías que se darían en mi mente. Mis auténticas pretensiones se habían hecho realidad y dejaba todo lo que no importaba atrás. Tomé conciencia de que el “verdadero amor” no se adquiría por personas u objetos, sino por la simpleza de  las acciones.

Mis máscaras se rompieron completamente al encontrar la iluminación dada por una dulce muerte. Me sentía orgullosa de mí misma y no tenía porque archivar una vez más mis actos, era hora de dar a conocer mis actos gloriosos […]



“Me encuentro desolada en una oscura celda, según algunos;
 ellos no saben que de la soledad surge lo verdadero […] El amor verdadero”



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